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Alina Vargas y Armando Leyeri llenan de música la noche porteña

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El concierto acústico convirtió el Bar del Puerto en un refugio íntimo de canciones, recuerdos y complicidades 

En los días previos, Acapulco había vivido bajo la expectativa del huracán Polo. El fantasma de Otis, aquel huracán categoría 5 que golpeó el puerto en octubre de 2023, inevitablemente volvía a aparecer en la memoria. Esta vez, sin embargo, el temporal apenas dejó viento y un poco de lluvia. La temperatura descendió de los 36 a los 31 grados y, poco a poco, la tensión se disipó.

La noche del sábado 26 de septiembre fue tranquila.

Una luna llena bañaba la bahía mientras los turistas ocupaban el muelle y el zócalo. El puerto recuperaba su habitual movimiento nocturno, aunque unas calles más allá, sobre Juárez, una puerta abierta entre dos locales cerrados invitaba a descubrir qué ocurría detrás.

Al entrar por el estrecho pasillo aparece una barra con 75 años de historia. Al fondo, un telón negro le da sobriedad al espacio. A un costado, dos sillas y dos micrófonos esperan en silencio.

Es el Bar del Puerto.

Y esa noche, la espera era por Alina Vargas y Armando Leyeri.

Alina recibe a los primeros asistentes con la gran sonrisa que la caracteriza. Todavía son pocos los que han llegado puntuales. Pasan diez minutos de las nueve de la noche cuando las primeras notas comienzan a ocupar el lugar.

La Maritza, de Sylvie Vartan, abre la velada. Después llegan La vie en rose, de Edith Piaf, y All of Me, en la versión asociada a Billie Holiday.

Tres canciones y una pausa.

Es el momento de presentarse, agradecer al espacio que los recibe y reconocer a quienes ya están ahí. Entonces ocurre algo muy propio de las noches de música en Acapulco: las mesas comienzan a llenarse rápidamente.

Alina canta descalza. Su falda hace resplandecer las lentejuelas con el juego de luces. Frente a ella, Armando Leyeri viste jeans y camisa azul. No hay una gran producción ni un escenario monumental. Apenas dos músicos, dos micrófonos y un repertorio que se mueve con libertad entre el jazz, el pop, la canción francesa y la música latinoamericana.

La noche continúa con Summertime, de Ella Fitzgerald; I Can't Help Falling in Love, popularizada por Elvis Presley; y Somewhere Over the Rainbow.

Luego llega uno de los momentos más juguetones del repertorio: La Foule, de Edith Piaf, se encuentra con Amor de mis amores, en la versión de La Sonora Dinamita. La primera parte de la canción conserva el pulso de la célebre versión francesa para después desembocar en la conocida interpretación tropical.

La mezcla funciona como una declaración de principios de la noche: aquí caben distintas épocas, idiomas, géneros y recuerdos.

Llega el intermedio.

Para entonces, el Bar del Puerto ya está lleno. Entre los nuevos asistentes aparecen amigos de los artistas y el concierto adquiere otro tono. La intimidad inicial comienza a transformarse en camaradería. Las conversaciones se cruzan, las mesas se acercan y la sensación ya no es la de estar simplemente frente a un concierto, sino en medio de una reunión entre conocidos.

La segunda parte comienza con una intervención de Leyeri.

Antes de cantar la siguiente pieza, comparte que una canción le recuerda especialmente a un amigo que murió víctima de la violencia. Entonces comienza Óyeme, de Mónica Naranjo. La canción adquiere otra dimensión: deja de ser solamente parte del repertorio y se convierte en memoria.

Después llega Álbum, de Aterciopelados, y la noche vuelve a abrirse hacia América Latina.

Gracias a la vida, Alfonsina y el mar, Cantares, de Joan Manuel Serrat, y Ojalá, de Silvio Rodríguez, forman una secuencia en la que la canción latinoamericana toma el centro de la escena.

Hay nostalgia y poesía.

Pero también hay espacio para regresar al pop y al rock: Amarte duele, Sombra de ti, Precious Things y, finalmente, Piece of My Heart, de Janis Joplin.

La última canción parece marcar el final.

Pero el público no está de acuerdo.

Llegan las peticiones para una más. Entre ellas aparece la famosa What's Up? de 4 Non Blondes. Los músicos vuelven a tomar sus lugares y, en medio de la insistencia del público, también regresan a Amarte duele.

Entonces sucede uno de esos momentos que difícilmente se pueden programar.

Entre los asistentes está la cantante acapulqueña Salma Maciel. La invitación termina en un palomazo y Maciel se suma a la interpretación de Amarte duele. El concierto deja de ser únicamente de Alina Vargas y Armando Leyeri para convertirse, por unos minutos, en una reunión musical compartida.

Después ya no hace falta un escenario.

La música que pone el propio bar comienza a acompañar las conversaciones y la noche entra en ese territorio que en Acapulco conoce bien: la bohemia que se prolonga cuando el programa terminó, pero nadie tiene demasiadas ganas de irse.

Afuera, la bahía continúa iluminada por la luna llena. El huracán que durante días mantuvo al puerto en suspenso se ha convertido en apenas un recuerdo reciente. Adentro, las voces, los amigos y las canciones ocupan el espacio que unas horas antes esperaba vacío.

El Bar del Puerto ha quedado convertido en un pequeño refugio.

Una barra con 75 años de historia, dos micrófonos, un telón negro y una noche entera de canciones bastaron para que Alina Vargas y Armando Leyeri recordaran algo sencillo: después de la incertidumbre también puede llegar la música; después del silencio, una canción; y después del concierto, todavía queda tiempo para quedarse un rato más.

Foto: Miguel Benítez.