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Carlos Ortiz convierte el fanatismo en el verdadero monstruo de Sierra: El Álbum Mortuorio

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Explora el horror como una forma de cuestionar la obediencia, la violencia y el poder de los líderes sobre la conciencia individual. En entrevista con Página Zero, plantea que el miedo más profundo surge cuando las personas renuncian a pensar por sí mismas y justifican las atrocidades por lealtad.

El verdadero monstruo no siempre lleva un rostro aterrador ni aparece entre las sombras. A veces se manifiesta en la obediencia ciega, en la incapacidad de cuestionar a un líder y en la facilidad con la que una comunidad aprende a justificar la violencia. Desde esa inquietud, el cineasta colombiano Carlos Ortiz construye Sierra: El Álbum Mortuorio, una película de horror que trasciende los códigos del género para explorar el fanatismo como una forma de esclavitud mental.

La cinta nace de una pregunta que ha acompañado al director durante años: ¿por qué los seres humanos entregan su voluntad, su pensamiento y hasta su conciencia a otra persona? Para Ortiz, resulta inquietante observar cómo millones de personas continúan defendiendo a sus líderes incluso cuando sus decisiones contradicen los valores que dicen representar o provocan daño a quienes los rodean.

En entrevista con Página Zero, el cineasta explica que eligió el horror porque le permite representar la brutalidad de una sociedad donde el miedo y la obediencia terminan por desplazar la reflexión individual. Su intención no era realizar un drama social convencional, sino confrontar al espectador con una comunidad en la que las personas han dejado de actuar como individuos para convertirse en instrumentos de una voluntad ajena.

En ese universo, la violencia no se limita a la destrucción física. También afecta la capacidad de pensar libremente, modifica las relaciones humanas y puede transformar a las víctimas en reproductoras de aquello que las dañó. Ortiz encuentra en esa frontera entre víctima y victimario uno de los conflictos centrales de la película: quien ha crecido bajo el miedo puede llegar a considerar normales situaciones profundamente inhumanas e incluso defender a quienes lo someten.

Pueblo Blanco: el territorio del silencio

La historia transcurre en Pueblo Blanco, un lugar ficticio que funciona como algo más que un escenario. Sus calles, casas y paisajes aparentemente tranquilos esconden una historia de sometimiento en la que la violencia se ha integrado a la vida cotidiana. Sus habitantes han terminado por confundir la obediencia con la supervivencia.

Ortiz concibe este territorio como una metáfora de las comunidades que renuncian a cuestionar a quienes ejercen el poder. Aunque la película incorpora elementos reconocibles de la realidad colombiana, el director busca que su planteamiento trascienda las fronteras nacionales y dialogue con distintas sociedades.

La pertenencia a un grupo, advierte, puede adquirir más importancia que la verdad. Cuestionar a un líder llega a interpretarse como una traición, mientras que reconocer sus errores puede sentirse como una amenaza a la propia identidad. Para el cineasta, el fanatismo no pertenece exclusivamente a una religión, partido político o corriente ideológica: puede aparecer en cualquier espacio donde la obediencia sustituya a la reflexión.

Esta dimensión social se articula mediante una combinación de thriller psicológico, slasher y horror social. Cada género le permite abordar una faceta distinta del miedo: la mente de un personaje marcado por sus recuerdos y contradicciones, la vulnerabilidad física frente a la persecución y la dimensión moral de una comunidad sometida a estructuras de poder.

La violencia, por tanto, no se presenta únicamente como un espectáculo físico. También expone la capacidad humana de transformar la crueldad en una acción aparentemente legítima cuando se realiza en nombre de una causa o bajo la autoridad de un líder.

La secta y el poder de controlar la verdad

Uno de los elementos centrales de la película es Katharsis, una secta que representa la entrega de la voluntad individual a una autoridad incuestionable. Para Ortiz, el problema no se limita a las organizaciones religiosas extremas: el mismo mecanismo puede reproducirse en la política, los movimientos ideológicos e incluso las relaciones personales.

El director se interesa por la manera en que una persona puede justificar cualquier comportamiento de quien considera su guía, sin importar las contradicciones o el daño que provoque. Admitir que ese líder está equivocado puede significar, para sus seguidores, reconocer que las creencias sobre las que construyeron su identidad también podrían ser falsas.

En ese contexto, el álbum mortuorio adquiere un significado particular. El objeto, que convencionalmente conserva recuerdos familiares, se convierte en un registro de las huellas de la violencia y en un vínculo con un pasado que algunos pretenden ocultar. También plantea una pregunta sobre el control de la memoria: ¿quién cuenta la historia de las víctimas cuando quienes dominan el relato son sus propios victimarios?

Ortiz relaciona el silencio con las formas de complicidad que permiten perpetuar las injusticias. Distingue, sin embargo, entre el silencio de las víctimas, muchas veces provocado por el miedo y la necesidad de sobrevivir, y el de quienes pueden cuestionar una injusticia, pero prefieren obedecer porque resulta más cómodo.

Cuando una comunidad acepta una sola versión de su pasado, sostiene, la memoria puede dejar de ser una herramienta para comprender lo ocurrido y convertirse en un instrumento de poder. Los victimarios pueden ser presentados como héroes y las víctimas como enemigos, mientras la violencia encuentra nuevas formas de justificarse.

El horror también ocurre a plena luz del día

La propuesta visual de Sierra: El Álbum Mortuorio cuestiona la asociación tradicional entre oscuridad y maldad. Ortiz buscó que el horror también ocurriera a plena luz del día, en medio de paisajes naturales y espacios familiares cuya aparente tranquilidad contrasta con la brutalidad de los acontecimientos.

La oscuridad representa aquello que los personajes esconden: sus recuerdos, sus temores y las verdades que se niegan a enfrentar. Pero la luz tampoco garantiza que exista una voluntad de ver. Una sociedad puede tener sus crímenes frente a los ojos y, aun así, decidir ignorarlos.

Esta perspectiva también orientó el trabajo con el elenco. Ortiz procuró evitar una división demasiado evidente entre personajes buenos y malos. Le interesaba que cada uno actuara desde sus propias motivaciones, incluso cuando sus decisiones fueran moralmente terribles. Una persona fanática, explica, no necesariamente se considera malvada; puede creer que defiende una causa o cumple una misión.

El resultado busca que el horror surja del reconocimiento de comportamientos humanos dentro de situaciones extremas. El protagonista no solo debe enfrentarse a una amenaza externa, sino también a las creencias que han condicionado su existencia. Su lucha implica recuperar la posibilidad de decidir quién quiere ser.

Un horror colombiano con preguntas universales

Tras su recorrido por festivales especializados, Ortiz considera que la recepción de la película ha confirmado que sus preocupaciones no pertenecen exclusivamente a Colombia. El fanatismo, la violencia y el abuso de poder atraviesan distintas culturas, aunque cada territorio los exprese de maneras particulares.

El cineasta también reivindica las posibilidades del horror como lenguaje cinematográfico. Frente a la idea de que se trata de un género menor, limitado a provocar sobresaltos, defiende su capacidad para abordar los miedos colectivos, la religión, la política, las estructuras sociales y la condición humana.

Hacer cine de género en Colombia, reconoce, implica desafíos de producción y distribución. La construcción de atmósferas, los efectos, las caracterizaciones y el diseño visual y sonoro requieren una planificación técnica rigurosa, especialmente cuando los recursos son limitados. A ello se suma la necesidad de fortalecer los canales para que el público que consume horror internacional descubra y acompañe las producciones nacionales.

Para Ortiz, el género ofrece una oportunidad para explorar la historia colombiana desde perspectivas distintas al realismo. Las experiencias de violencia pueden transformarse en símbolos, atmósferas y relatos capaces de revelar dimensiones emocionales y psicológicas de una sociedad que corre el riesgo de acostumbrarse a sus propias heridas.

Con Sierra: El Álbum Mortuorio, el director busca que el espectador experimente miedo, pero que esa sensación permanezca después de abandonar la sala. La pregunta que desea dejar no se refiere únicamente a los monstruos de la pantalla, sino a las convicciones que cada persona defiende sin examinarlas.

El fanatismo comienza, desde su perspectiva, cuando la verdad pierde importancia frente a la lealtad y los actos dejan de juzgarse por lo que son para justificarse según quién los comete. Por eso, aprender a dudar —de los líderes, de las certezas y de las propias creencias— constituye una posibilidad de romper la cadena de violencia.

El horror más profundo de la película no reside solamente en el asesino, la secta o la brutalidad física, sino en la capacidad humana de renunciar al pensamiento crítico y entregar la conciencia a otra persona. Ortiz quiere que el público se pregunte si alguna vez ha defendido una injusticia por lealtad o permitido que sus convicciones le impidan reconocer la humanidad de los demás.

La pregunta final de Sierra: El Álbum Mortuorio permanece abierta: ¿somos seres humanos libres o esclavos de las ideas de aquellos a quienes hemos decidido seguir?

Foto: Especial.