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Galo Mora Witt convierte al fútbol en una crónica de la historia, la identidad y la infancia

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En Crónicas del fulgor se recorre la memoria del balompié desde sus raíces rituales hasta los mundiales modernos, para revelar cómo una pelota puede contar las tensiones políticas, las desigualdades sociales y las pasiones colectivas de los pueblos.

El fútbol es mucho más que un deporte: es memoria de la infancia, sentido de pertenencia, escenario de disputas políticas y una forma de reconocernos como sociedad. Esa es una de las ideas que atraviesan Crónicas del fulgor, libro del antropólogo y escritor ecuatoriano Galo Mora Witt, publicado por el Fondo de Cultura Económica, en el que reconstruye la historia del balompié a través de sus jugadores, aficionados, anécdotas y contextos históricos.

La obra nació, en buena medida, de una pasión personal. Durante la entrevista con Página Zero, Mora Witt recuerda los partidos improvisados de su infancia con sus hermanos, cuando bastaban una pelota de trapo y un espacio libre para poner en marcha el juego. No hacían falta instalaciones deportivas ni equipamiento especializado: la imaginación completaba lo que no había.

A partir de esa experiencia íntima, el autor amplía la mirada hacia las comunidades que encuentran en sus equipos una forma de identidad. El barrio, la escuela, la ciudad y la región se convierten en territorios de pertenencia; después, esa identificación puede alcanzar a una selección nacional y adquirir dimensiones continentales.

“Hay una representatividad del tiempo, cómo se configura la sociedad”, explica Mora Witt al referirse al enfoque de su libro.

Su interés no está en construir una historia basada exclusivamente en estadísticas o resultados, sino en comprender qué revela el fútbol de cada época y de las personas que lo protagonizan.

Desde esa perspectiva, cada mundial funciona como una ventana para observar las transformaciones sociales. Los encuentros deportivos no ocurren al margen de la historia: en ellos se manifiestan las rivalidades nacionales, las ideologías, los conflictos y las relaciones de poder que atraviesan a una sociedad.

La cancha como espacio ritual

La formación antropológica de Mora Witt le permite mirar el fútbol como una práctica colectiva que rebasa el espectáculo. En su interpretación, el juego conserva una dimensión ritual que conecta con antiguas formas de convivencia y con la necesidad humana de reunirse alrededor de una actividad compartida.

El recorrido de Crónicas del fulgor establece un diálogo entre las prácticas ancestrales de juego con pelota y el fútbol contemporáneo. El autor recuerda que distintas culturas desarrollaron actividades en las que el balón ocupaba un lugar central, aunque sus reglas, materiales y significados fueran diferentes.

Al abordar los juegos de pelota de las culturas prehispánicas, Mora Witt se detiene en el simbolismo que puede adquirir ese objeto que rueda entre los participantes. Para él, el balón representa también el movimiento de la vida y el paso del tiempo, mientras que la cancha se convierte en un espacio donde la comunidad establece sus propias reglas y formas de relación.

“El balón es una representación de la vida y, mientras rueda, es también una representación del tiempo”, plantea.

El juego, añade, conserva algo esencial de la infancia: la posibilidad de descubrir, repetir, imaginar y crear. Para un niño, jugar no es una actividad secundaria, sino una experiencia fundamental. Esa libertad permanece en el fútbol recreativo, donde el disfrute puede imponerse a la disciplina, la estrategia y las exigencias del resultado.

Mora Witt encuentra en esa dimensión lúdica una de las razones por las que el balompié se ha extendido por el mundo. La necesidad de jugar y de compartir el juego con otros forma parte de una experiencia humana que puede expresarse en diferentes culturas y épocas.

Cuando el fútbol refleja el poder

En Crónicas del fulgor, la historia del balompié también se cruza con algunos de los episodios más violentos del siglo XX. Las guerras, el fascismo, el racismo y las dictaduras aparecen como parte del contexto en el que se disputaron partidos y campeonatos.

Mora Witt recuerda que, durante la Primera Guerra Mundial, una tregua navideña permitió que soldados de campamentos enemigos compartieran un partido de fútbol. El episodio revela una paradoja: por un instante, el juego hizo posible una convivencia que el conflicto armado había negado, aunque después los combatientes regresaran a sus posiciones.

El autor también alude a los mundiales de 1934 y 1938, celebrados bajo la presión del fascismo italiano, y a la manera en que Benito Mussolini convirtió los resultados deportivos en una cuestión de prestigio político. La victoria dejó de ser únicamente una aspiración deportiva para convertirse en una demostración de poder.

Otro episodio significativo es el de Matthias Sindelar, futbolista austríaco que se opuso a jugar para Alemania tras la anexión de Austria por el régimen nazi. Su muerte, rodeada de interrogantes, quedó vinculada a una época en la que la identidad nacional y las decisiones individuales podían tener consecuencias trágicas.

Las tensiones políticas también alcanzaron los mundiales posteriores. Mora Witt evoca el Maracanazo de 1950, cuando Uruguay derrotó a Brasil en el estadio Maracaná, y el impacto que aquella derrota tuvo en la sociedad brasileña. Más adelante, examina las rivalidades entre países y la utilización de los encuentros deportivos como escenarios para expresar prejuicios y antagonismos.

El Mundial de Argentina 1978 ocupa igualmente un lugar en esta lectura. Celebrado durante la dictadura militar, el campeonato estuvo atravesado por las tensiones entre deporte, propaganda y poder político. Para el autor, estos episodios confirman que el fútbol nunca se encuentra completamente separado de las circunstancias históricas en las que se juega.

Su mirada también se detiene en las historias que parecen escapar de los grandes relatos oficiales: jugadores convertidos en héroes populares, anécdotas que rozan lo inverosímil y episodios que permiten comprender el carácter de una época. Algunas de estas historias adquieren en el libro un tratamiento literario, mediante escenas imaginadas y recursos cercanos a la ficción que dialogan con la memoria futbolística.

México y Ecuador: raíces populares compartidas

Al comparar las culturas futbolísticas de México y Ecuador, Mora Witt identifica una raíz común en la apropiación popular del deporte. En ambos países, el fútbol creció en espacios comunitarios y se vinculó con los barrios, los trabajadores y las formas de organización colectiva.

El escritor recuerda que algunos clubes mexicanos surgieron vinculados con la actividad industrial y la presencia de trabajadores extranjeros, como ocurrió con equipos relacionados con las empresas textiles. Esas experiencias contribuyeron a la expansión del juego y a su incorporación a la vida cotidiana de las comunidades.

En Ecuador, en cambio, destaca la presencia de futbolistas afrodescendientes procedentes de regiones como Esmeraldas, el valle del Chota y Guayaquil. Esa composición, señala, permite observar cómo la historia de la población, las migraciones forzadas y las desigualdades sociales también están presentes en la formación de los equipos y las selecciones.

La comparación no busca establecer cuál país posee una tradición superior, sino comprender cómo un mismo deporte adquiere matices particulares según las condiciones históricas de cada sociedad. El fútbol funciona como una expresión de identidad, pero también como un espacio donde se hacen visibles las diferencias sociales y las historias que han marcado a las comunidades.

La pasión frente al negocio

La expansión de las transmisiones televisivas y las plataformas digitales ha transformado la relación entre el público y el fútbol. Para Mora Witt, esta evolución tiene aspectos positivos: hoy es posible seguir ligas y competiciones internacionales que antes resultaban inaccesibles para buena parte de los aficionados.

El problema, sostiene, no radica en la tecnología, sino en las barreras económicas que pueden convertir el acceso al deporte en un privilegio. Los elevados precios de las entradas y la necesidad de contratar servicios de televisión o plataformas para seguir los partidos dejan fuera a sectores de la población que han construido su identidad alrededor de un equipo.

Por ello, considera que los Estados pueden desempeñar un papel para favorecer el acceso popular a las transmisiones deportivas. La discusión, desde su perspectiva, no se limita al entretenimiento: también tiene que ver con el carácter colectivo de una pasión que ha acompañado a generaciones.

Frente a la comercialización, el autor defiende la libertad creativa que todavía puede encontrarse en la cancha. Evoca a jugadores como Garrincha y Ronaldinho, capaces de sorprender con movimientos inesperados y de transmitir la sensación de que jugaban por el puro placer de hacerlo.

En esa espontaneidad reconoce una resistencia a la estandarización del fútbol moderno, cada vez más sometido a exigencias tácticas, económicas y mediáticas. La creatividad, afirma, permanece cuando el jugador no se convierte en un autómata y conserva la capacidad de disfrutar el juego.

Lamine Yamal y el regreso a la infancia

Hacia el final de la conversación, Mora Witt vuelve a la pregunta que recorre su libro: ¿Qué permanece intacto en el fútbol después de tantos siglos de transformaciones? Su respuesta está en la libertad que ofrece la cancha, en la posibilidad de reunirse con otros y en ese impulso de la infancia que lleva a perseguir una pelota sin importar el tiempo transcurrido.

Para ilustrarlo, en la entrevista concluye con una referencia a Lamine Yamal. Ante la sugerencia de revisar el resumen del partido entre el Barcelona y el Galatasaray, que había terminado 1-4, el escritor acepta detenerse en el desempeño del joven futbolista, en particular en su capacidad para crear jugadas y sorprender.

La anécdota funciona como una síntesis de su reflexión: más allá de los marcadores, las estadísticas y los intereses comerciales, el fútbol conserva su fuerza cuando un jugador inventa algo inesperado y vuelve a jugar con la libertad de quien descubre el balón por primera vez.

En Crónicas del fulgor, Galo Mora Witt propone leer el fútbol como un archivo vivo de la experiencia humana. Cada partido guarda algo de su tiempo; cada equipo expresa una identidad y cada jugador puede convertirse en protagonista de una historia que trasciende la cancha.

Pero, en el fondo, permanece aquella escena elemental de la infancia: alguien encuentra una pelota, la patea y, por un instante, el mundo vuelve a comenzar.

Foto: Miguel Benítez.