Otra historia de México: cambiar el relato para cambiar la mirada sobre el país
Juan Miguel Zunzunegui sostiene que la identidad mexicana se construyó durante el virreinato y propone abandonar una narrativa basada exclusivamente en la derrota, la conquista y el conflicto
¿Qué ocurre cuando una sociedad aprende a mirarse a sí misma a través de una historia de derrotas? Esa es una de las preguntas que atraviesa Otra historia de México, el nuevo libro de Juan Miguel Zunzunegui, quien propone revisar las narrativas con las que se ha explicado la formación del país y, con ello, la manera en que los mexicanos entienden su propia identidad.
El punto de partida del escritor es que las narrativas históricas nunca son inocentes. A lo largo de los primeros capítulos del libro analiza la manera en que los relatos sobre el pasado pueden servir para construir identidades y también como herramientas políticas capaces de influir sobre pueblos enteros.
Desde esa perspectiva, cuestiona una historia nacional organizada alrededor de una sucesión de derrotas: la conquista, el despojo, la traición, la independencia como ruptura y las guerras posteriores. Según Zunzunegui, esa interpretación ha producido una imagen de México como un país permanentemente derrotado y frustrado.
Su propuesta consiste en modificar el punto de partida. En lugar de concebir la historia mexicana únicamente como una confrontación entre conquistadores y conquistados, plantea entender el surgimiento del México mestizo como resultado de un encuentro entre distintas tradiciones y de una alianza de pueblos mesoamericanos que se enfrentaron al poder mexica junto con Hernán Cortés.
La precisión es importante para el autor: antes de 1521 no existía México como la nación que conocemos actualmente. Tampoco existía, en su sentido moderno, un Estado mexicano antes de 1821. Lo que sí existía era una compleja historia mesoamericana, mientras que el México cultural comenzaría a formarse a partir de la convergencia entre las tradiciones indígenas y europeas.
Zunzunegui considera que uno de los principales problemas de la enseñanza histórica consiste en reducir la enorme diversidad mesoamericana a la historia de los mexicas. Por eso dedica un capítulo completo a Huitzilopochtli y plantea la necesidad de comprender el universo religioso, político y cultural mexica sin idealizaciones.
Pero esa revisión no implica, para él, negar la herencia mesoamericana. Al contrario: sostiene que México posee dos grandes linajes culturales cuya complejidad debe ser reconocida.
Por un lado está el mundo mesoamericano, cuya genealogía vincula a los pueblos posteriores a Teotihuacán con tradiciones mucho más antiguas. Por otro, la tradición hispánica, que conecta con Roma, Grecia, Jerusalén, el cristianismo, la filosofía, el derecho romano, la universidad y el humanismo españoles.
El México que surgió de esa convergencia, explica, es mestizo, hispanohablante, cristiano y barroco. Esa identidad comenzó a consolidarse durante los tres siglos del virreinato, precisamente uno de los periodos que, a su juicio, menos se estudia dentro de la historia nacional.
Para Zunzunegui, ignorar el virreinato genera una paradoja: la identidad mexicana se formó en buena medida durante esos tres siglos, pero los mexicanos reciben muy poca información sobre ese periodo. La consecuencia es una dificultad para comprender de dónde provienen numerosos elementos de la cultura contemporánea.
La revisión alcanza también a los protagonistas de la historia nacional. El escritor cuestiona la idea de que Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero, Villa y Cárdenas puedan ser presentados como parte de una misma tradición política. Sus posiciones y proyectos fueron distintos e incluso incompatibles.
También pone en duda la manera en que se han construido las categorías de héroe y villano. Mientras figuras asociadas con la violencia pueden ser idealizadas, personajes vinculados con acuerdos y procesos de pacificación han quedado relegados o convertidos en villanos.
En particular, Zunzunegui cuestiona la imagen de Miguel Hidalgo como “padre de la patria” y presenta una lectura crítica de su personalidad, sus motivaciones y los resultados de su movimiento. También revisa la figura de Francisco I. Madero y el costo de la guerra revolucionaria.
En contraste, reivindica el papel de Agustín de Iturbide en la consumación de la independencia, destacando que insurgentes y realistas pudieron pactar y que la separación de España se produjo mediante acuerdos que permitieron recibir pacíficamente la independencia del último virrey.
El propósito de esta revisión no es únicamente modificar una lista de héroes. Para el autor, la forma en que una sociedad interpreta a sus personajes revela la narrativa con la que interpreta su propia existencia.
De ahí que Otra historia de México tenga una preocupación que va más allá de la historia: la psicología colectiva.
Zunzunegui sostiene que los mexicanos han aprendido a considerarse un pueblo derrotado y que esa percepción puede tener consecuencias en la vida presente. Su propuesta es realizar un “cambio de chip”: modificar la historia que se cuenta la sociedad para modificar también la manera en que imagina sus posibilidades.
Esa idea también aparece cuando analiza las divisiones políticas actuales. El escritor advierte sobre las narrativas que convierten la vida pública en una lucha entre “buenos” y “malos”, donde la pertenencia a un bando político determina quién ocupa el lado moralmente correcto.
En ese punto, su lectura de la historia adquiere una dimensión contemporánea: las sociedades divididas en dos bandos irreconciliables pueden ser más fáciles de confrontar y manipular. Por ello, considera que una narrativa basada en el conflicto permanente resulta particularmente útil para quienes buscan mantener dividida a la sociedad.
Frente a esa lógica, el autor reivindica una narrativa basada en el encuentro y la armonía. No pretende, explica, que el lector simplemente abandone una interpretación para adoptar la suya. Lo que espera es que el libro produzca dudas.
“Que duden” es, para Zunzunegui, una de las mejores consecuencias posibles de la lectura.
Esa invitación está relacionada con su propia manera de entender la divulgación histórica. Frente a la idea de que su principal virtud es la memoria, el escritor sostiene que lo verdaderamente importante es establecer relaciones entre los acontecimientos.
La historia, afirma, no puede comprenderse como una línea de hechos aislados. Es una red de causas y consecuencias, y entender esas conexiones permite explicar por qué ocurrieron determinados acontecimientos y por qué las sociedades tomaron ciertos caminos.
Con esa premisa construye una obra dirigida a un público amplio, no exclusivamente a especialistas. Su objetivo es hacer comprensible la complejidad histórica sin reducirla a una simple enumeración de fechas y personajes.
La pregunta de fondo permanece: ¿Qué historia necesita contarse México sobre sí mismo?
Zunzunegui responde desde una perspectiva que busca desplazar el centro del relato: de la derrota al encuentro, de la culpa a la comprensión y de la repetición de certezas a la duda.
Incluso cuando habla de las fiestas patrias, su planteamiento no es dejar de celebrar. “Hay que celebrar”, afirma, pero también reflexionar sobre aquello que se conmemora. Para él, el problema aparece cuando la celebración sustituye por completo a la revisión crítica del pasado.
Publicado en agosto de 2026, Otra historia de México propone así una discusión que rebasa la reinterpretación de algunos episodios históricos. Su apuesta consiste en preguntarse qué consecuencias tiene la historia que una sociedad decide creer.
Y ante la posibilidad de conversar con alguno de los personajes que aparecen en el libro, Zunzunegui elige a Hernán Cortés. Lo considera un personaje fuera de serie y un ejemplo de perseverancia y capacidad para alcanzar sus objetivos. La elección funciona también como síntesis de su propuesta: volver a mirar a uno de los personajes más controvertidos de la historia mexicana sin reducirlo a la categoría de héroe o villano.
Porque, para el autor, la discusión no termina en decidir quién fue bueno o malo. Comienza cuando una sociedad se atreve a preguntarse por qué eligió contar su propia historia de esa manera.
Foto: Miguel Benítez.