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Pygmalion lleva a México los tesoros ocultos del barroco alemán

Mathilde Assier

El director Raphaël Pichon habla sobre Mundo, buenas noches, un programa de música sacra concebido como refugio y consuelo espiritual que se presentará en el marco de la Gran Fiesta Franco-Mexicana y el Festival Internacional Cervantino.

La música barroca alemana llegará a México desde una perspectiva poco convencional con Pygmalion, uno de los ensambles más reconocidos internacionalmente en el ámbito de la música antigua. Bajo la dirección de Raphaël Pichon, el coro y orquesta franceses presentarán Mundo, buenas noches (Welt, gute Nacht), un programa integrado por obras sacras de carácter espiritual conocidas como Trotslieder, concebidas como canciones de consuelo.

El repertorio podrá escucharse en el Palacio de Bellas Artes, en la Ciudad de México; en el Teatro Juárez de Guanajuato capital, como parte del 54 Festival Internacional Cervantino, así como en otras sedes del Circuito Cervantino, dentro de la programación de la Gran Fiesta Franco-Mexicana.

Para Pichon, uno de los mayores atractivos del programa reside precisamente en que buena parte de las obras que lo integran son poco conocidas. Más allá de una pieza célebre, el director propone descubrir composiciones que permanecieron ocultas durante años en una colección vinculada con Johann Sebastian Bach, y que representan pequeños tesoros del repertorio sacro alemán.

“Creo que también demuestra este espíritu de curiosidad”, explica Pichon al referirse a la decisión de presentar un programa alejado de las obras más populares. Para el director, esa curiosidad del público puede convertirse en una experiencia de descubrimiento a través de la belleza de una música que tiene la capacidad de acompañar, reconfortar y transformar.

La música como refugio

El concepto espiritual de Mundo, buenas noches ocupa un lugar central en la propuesta. Las obras seleccionadas exploran la música como una forma de consuelo frente a las dificultades de la existencia, una cualidad que Pichon considera especialmente vigente.

“Es realmente una música que es un refugio y un reconfort”, señala el director, quien confía en que el público mexicano pueda encontrar en este repertorio una experiencia que lo ayude “a pensar” y, de alguna manera, “a vivir mejor”.

El programa también representa un particular encuentro cultural: un ensamble francés interpretando música germánica en México. Lejos de considerar esta combinación como una contradicción, Pichon encuentra en ella una muestra del carácter universal de la música.

“Estoy muy feliz de que yo soy francés y vamos a tocar música germánica alemana en México. Aquí hay algo que no es una evidencia absoluta”, comenta. Sin embargo, precisamente esa distancia geográfica y cultural permite confirmar, desde su perspectiva, el poder de la música para establecer vínculos que trascienden fronteras.

Una apuesta por descubrir lo desconocido

La invitación del Festival Internacional Cervantino también fue significativa para Pichon porque, desde su perspectiva, implicó aceptar cierto riesgo artístico. En un programa donde solamente una de las piezas puede considerarse ampliamente famosa, el resto está conformado por obras mucho menos conocidas.

Esa apuesta por lo desconocido forma parte de la identidad de Pygmalion, agrupación que aborda el repertorio con criterios históricamente informados e instrumentos de época, buscando recuperar las particularidades sonoras de las obras y de los contextos en que fueron creadas.

Así, Mundo, buenas noches no se plantea únicamente como un recorrido por la música sacra del barroco alemán, sino como una invitación a escuchar aquello que permaneció en segundo plano. Para Pichon, descubrir esos “pequeños tesoros” puede ser una experiencia capaz de revelar nuevas formas de belleza y de demostrar, una vez más, la capacidad de la música para acompañar al ser humano.

Con esta propuesta, Pygmalion llega a México para tender un puente entre Francia, Alemania y México a través de un repertorio marcado por la espiritualidad, la introspección y el consuelo, en una celebración donde la música antigua adquiere una resonancia profundamente contemporánea.

Foto: Cortesía | Mathilde Assier