Tamara Cubas lleva al Cervantino una mirada sobre migración, cuerpo y memoria
La coreógrafa y artista uruguaya presenta “Mar de silencio”, una pieza que desplaza la mirada de la victimización de las mujeres migrantes hacia sus deseos, saberes ancestrales y estrategias de supervivencia
La migración suele contarse desde la pérdida, la violencia y el desarraigo. Para la artista uruguaya Tamara Cubas, sin embargo, también puede ser leída desde la potencia: desde aquello que impulsa a una persona a atravesar fronteras, reconstruir su vida y sostener vínculos con una comunidad, una memoria y un territorio. Esa perspectiva atraviesa Mar de silencio, proyecto escénico que llegará al Festival Internacional Cervantino los días miércoles 7 y jueves 8 de octubre de 2026, en el Teatro Principal.
Formada en las artes visuales y la coreografía, Cubas ha construido una práctica artística en la que el cuerpo funciona como un territorio de relación. La escena, explica, puede convertirse en una comunidad temporal donde intérpretes y espectadores se encuentran, mientras que en las artes visuales el cuerpo también participa del acontecimiento y de las relaciones que una obra es capaz de activar.
“Siempre es el cuerpo como territorio de relación el que está en el centro”, señala la creadora, quien ha profundizado esta idea a partir de distintas experiencias y, particularmente, de proyectos comunitarios desarrollados a lo largo de los años.
Mar de silencio surgió de una investigación sobre mujeres migrantes realizada en distintos puntos del mundo. Cubas trabajó con mujeres mexicanas en Chicago, con mujeres del norte de África en Cádiz y con mujeres sirias en Bélgica. El objetivo inicial era aproximarse a las experiencias del viaje, entendido como una constante histórica de las artes y la literatura, pero los encuentros modificaron la dirección del proyecto.
La artista esperaba encontrar relatos marcados principalmente por el sufrimiento. En cambio, encontró historias atravesadas por una enorme capacidad de decisión y supervivencia.
“Me encuentro totalmente con una potencia increíble”, explica.
De ahí surgió la decisión de no construir una pieza centrada en “la complejidad de la travesía” ni en aquello que una persona migrante debe sortear, sino en el momento posterior: en el hecho de haber llegado, haber cambiado la propia vida y haber construido nuevas posibilidades.
La propuesta busca así apartarse de una representación que reduzca a las mujeres migrantes a la condición de víctimas. En sus cuerpos, cantos y rituales, Cubas encontró otras formas de narrar el desplazamiento: una relación con los ancestros, con las familias que se dejan atrás, con las comunidades que se forman en el camino y con los deseos que sostienen la vida.
Para construir la obra, la artista reunió a siete mujeres de diferentes partes del mundo sin recurrir a un casting convencional. La selección se produjo mediante una red afectiva: una mujer recomendaba a otra y así se fue formando un tejido de confianza que llevó a las participantes hasta Uruguay para desarrollar una residencia.
Cuando llegaron, prácticamente no se conocían.
“Fue como una carta blanca a este tejido afectivo”, recuerda Cubas. El proceso consistió en establecer dispositivos de relación para compartir las experiencias, tensiones, afectos, temores y universos culturales de cada participante. Todas tenían vínculos con la performance y, al mismo tiempo, atravesaban procesos de recuperación de sus raíces culturales y lenguas de origen.
El resultado fue una obra construida a partir de aquello que las mujeres compartían: cantos, danzas y rituales que forman parte de sus maneras de vivir y de comprender el mundo. Incluso hoy, cada encuentro entre las participantes puede convertirse en una oportunidad para continuar recuperando palabras de lenguas originarias.
En ese sentido, Mar de silencio no sólo habla de migración: también plantea una pregunta sobre la pertenencia y sobre aquello que permite encontrar sentido en contextos marcados por la inestabilidad.
Cubas considera que las mujeres migrantes no viajan solas. Viajan con sus ancestros, sus deseos, las familias que dejaron y aquellas que construyen durante el trayecto. Esa dimensión fue también un descubrimiento personal para la artista, quien comenzó a cuestionar la relación de Uruguay con sus propias raíces indígenas y a buscar otros paradigmas para comprender el presente.
La migración, desde esta perspectiva, deja de ser únicamente un desplazamiento geográfico. Es también una experiencia afectiva, cultural y política en la que el territorio de origen permanece como una presencia.
“Somos todas potencialmente migrantes”, sostiene Cubas al referirse a las mujeres que participan en el proyecto.
No necesariamente porque todas hayan abandonado sus países, sino porque viven en una especie de frontera: desarrollan sus proyectos y sostienen sus territorios mientras enfrentan la necesidad de desplazarse para ampliar sus posibilidades de vida.
La artista cuestiona, además, la idea simplificada de que migrar responde únicamente al deseo de vivir en un lugar considerado mejor. En muchos casos, señala, abandonar un territorio implica padecer la separación de aquello que da sentido a la existencia: la cultura, los vínculos, la memoria y las formas de comunidad.
En un contexto internacional marcado por el endurecimiento de las políticas migratorias y la criminalización de quienes cruzan fronteras, Mar de silencio coloca el cuerpo y el deseo en el centro de la discusión. Más que ilustrar la tragedia de la migración, la pieza observa las fuerzas que permiten resistir, desplazarse y reconstruir la vida.
La obra llega al Cervantino como resultado de una coproducción internacional entre Campo Abierto y Comedia Nacional, de Uruguay; Festival d’Avignon, de Francia; Fundación Teatro a Mil, de Chile; Tanz in August/HAU Hebbel am Ufer, de Alemania; Teatro Línea de Sombra, de México, y Zürcher Theatre Spektakel, de Suiza.
En el Teatro Principal, Cubas propone así un encuentro donde la escena funciona como territorio compartido: un espacio para mirar la migración no sólo desde la herida, sino también desde la memoria, la comunidad y esa pulsión de vida que, para la artista, sigue siendo una de las fuerzas fundamentales del desplazamiento humano.
Foto: Especial.