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Balam Rodrigo reivindica la poesía testimonial como memoria viva frente a la desaparición forzada

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En la conferencia inaugural “Guerra (sucia) en el (ex) paraíso”, el poeta analizó la obra de Jesús Bartolo como una poética del duelo que confronta el silencio institucional y reconstruye la memoria de las víctimas de la violencia de Estado

La desaparición forzada, la memoria colectiva y la capacidad de la poesía para enfrentar el olvido ocuparon el centro de la conferencia inaugural Guerra (sucia) en el (ex) paraíso: No es el viento el que disfrazado viene de Jesús Bartolo, impartida por el poeta Balam Rodrigo y moderada por Angelina Suyul.

A partir de una lectura crítica del libro No es el viento el que disfrazado viene, publicado por primera vez en 2004, Rodrigo planteó que la obra de Jesús Bartolo constituye uno de los testimonios poéticos más significativos sobre las consecuencias de la Guerra Sucia en Guerrero y sobre el impacto que la desaparición forzada ha tenido en miles de familias mexicanas.

Durante su intervención, el escritor subrayó que la singularidad del libro radica en que fue escrito por una víctima directa de la violencia de Estado: el hijo de un desaparecido. Desde esa condición, explicó, la obra trasciende los registros periodísticos, históricos o documentales para construir una experiencia poética del duelo, la ausencia y la búsqueda de justicia.

Rodrigo estableció un diálogo entre el texto de Bartolo y otras obras fundamentales de la literatura mexicana contemporánea, como Antígona González de Sara Uribe y Judith de Rosario Castellanos. Mientras en estas obras aparecen representaciones distintas de la violencia y la pérdida, señaló que en el poemario de Bartolo el proceso de duelo adquiere una dimensión particular al desarrollarse sin la presencia del cuerpo desaparecido.

“El protagonista logra construir un cuerpo hecho de palabras”, afirmó el poeta, al explicar que la escritura se convierte en un espacio donde la memoria puede corporizar aquello que la violencia intentó borrar.

La conferencia exploró cómo la obra transforma el dolor individual en una experiencia colectiva. A través de voces múltiples, personajes simbólicos y elementos de la naturaleza, el libro configura una estructura polifónica donde la ausencia se convierte en presencia poética. El desaparecido no habla directamente, pero permanece vivo en la memoria de quienes lo evocan.

Para Rodrigo, esta construcción convierte al texto en una auténtica poética del duelo, una forma de resistencia frente a las narrativas oficiales que durante décadas negaron o distorsionaron los crímenes cometidos durante la Guerra Sucia. Recordó que el Estado mexicano impulsó discursos que etiquetaron a los desaparecidos como guerrilleros o colaboradores de movimientos insurgentes, mientras sus familias enfrentaban persecución, vigilancia, hostigamiento y la negación sistemática de justicia.

El poeta sostuvo que la literatura posee la capacidad de rehumanizar a las víctimas al devolverles rostro, memoria e historia. En contraste con informes, expedientes o discursos institucionales, la poesía permite reconstruir afectos, vínculos y experiencias humanas que permanecen fuera de los registros oficiales.

Uno de los ejes centrales de la conferencia fue la necesidad de reconocer la existencia de una tradición poética que ha documentado la violencia política en México mucho antes de la llamada guerra contra el narcotráfico iniciada en 2006. Rodrigo recordó que comunidades indígenas, campesinas y rurales de estados como Guerrero, Oaxaca y Chiapas han vivido procesos de violencia sistemática desde las décadas de 1950 y 1960, experiencias que quedaron registradas en corridos, poemas y obras testimoniales que pocas veces recibieron atención académica.

En ese contexto, destacó el carácter pionero de No es el viento el que disfrazado viene, al considerarlo uno de los primeros libros de poesía mexicana dedicados de manera integral al tema de la desaparición forzada desde la experiencia de una víctima directa.

El análisis también abordó la riqueza formal del texto. Rodrigo explicó que la obra está construida como un poema dramático donde personajes como la Abuela, Mabrés, Viento, Oro o Niña Amarilla funcionan como proyecciones simbólicas de una memoria fragmentada. Esa estructura permite que el duelo se exprese desde distintas voces y perspectivas, configurando una experiencia colectiva antes que individual.

Durante la sesión de preguntas, el poeta amplió la reflexión hacia la literatura escrita en lenguas originarias, señalando que numerosos autores indígenas han abordado desde hace décadas la violencia, las masacres y las desapariciones forzadas. Mencionó el trabajo de escritoras y escritores como Irma Pineda, Hubert Matiúwàa y Ruperta Bautista, cuyas obras documentan experiencias de violencia comunitaria que permanecen poco estudiadas dentro de los análisis literarios dominantes.

Rodrigo cuestionó que gran parte de la crítica y la academia hayan privilegiado el estudio de la narrativa sobre el de la poesía testimonial, pese a que muchos de estos textos anticiparon discusiones que años después ocuparían un lugar central en la literatura mexicana contemporánea.

Al cierre de la conferencia, el poeta retomó la dimensión política del duelo planteada por Judith Butler para señalar que elaborar la pérdida no implica resignación, sino una forma de acción ética y colectiva. En ese sentido, sostuvo que el libro de Jesús Bartolo constituye una herramienta de memoria y resistencia que reivindica la búsqueda de verdad, justicia, reparación integral y garantías de no repetición.

Más de dos décadas después de su publicación, No es el viento el que disfrazado viene emerge como una obra fundamental para comprender la relación entre poesía, memoria histórica y violencia de Estado, así como el papel de la literatura en la construcción de narrativas que desafían el silencio y preservan la dignidad de quienes han sido arrancados de la historia oficial.

Foto: Especial.