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Jumko Ogata: “El antirracismo no puede quedarse en el discurso; tiene que transformar la realidad”

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La escritora y activista afromexicana reflexiona sobre literatura, memoria, representación y los desafíos de combatir el racismo estructural en México desde la cultura, la educación y la escritura.

 

El terror puede ser mucho más que un ejercicio de miedo. Para Jumko Ogata, una buena historia también es capaz de revelar las heridas históricas que permanecen abiertas. Entre sus descubrimientos cinematográficos se encuentra Exhuma, una película surcoreana que, bajo la apariencia de un relato sobrenatural, termina convirtiéndose en una reflexión sobre el imperialismo japonés y la violencia que aún persiste en la memoria colectiva de Corea.

Ese interés por las narrativas que dialogan con la historia también atraviesa sus lecturas. El libro que la conmovió fue Cosas que me he callado, del escritor jamaiquino K-Miller, publicado por Elefanta. La obra, explica, parte de la idea de que los silencios comunican tanto o más que las palabras y explora, desde el ensayo, la experiencia de un hombre negro y gay.

La autora destaca la manera en que el libro aborda las múltiples formas de discriminación: desde el racismo dentro de la comunidad LGBT+ hasta los desafíos de ser un académico negro en espacios predominantemente blancos. A pesar del dolor que atraviesa sus páginas, considera que es una obra que deja espacio para la esperanza.

La música también acompaña sus procesos creativos. Ha vuelto a escuchar al saxofonista estadounidense Kamasi Washington, particularmente la pieza Cherokee, una composición que la acompaña desde sus años universitarios y que forma parte de su interés por explorar el jazz contemporáneo.

Incluso su propio nombre guarda una historia. Explica que los caracteres japoneses con los que se escribe significan “mujer” y “verdad”, una combinación que puede interpretarse como “mujer honesta”.

Como integrante de una nueva generación de activistas afromexicanas, Ogata reconoce que México ha dado pasos importantes en materia de reconocimiento institucional, como la inclusión constitucional de los pueblos afromexicanos y su incorporación en los censos nacionales. Sin embargo, subraya que esos avances no surgieron por iniciativa gubernamental, sino gracias a más de tres décadas de organización y lucha de la propia comunidad.

Se considera afortunada de pertenecer a una generación que hoy puede ver los frutos del trabajo realizado por quienes la antecedieron. Ese compromiso también fue reconocido recientemente al recibir el Premio Nacional para la Lucha por los Derechos de las Mujeres Afromexicanas, otorgado por la Secretaría de las Mujeres y el Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas.

Aunque celebra estos reconocimientos, insiste en que todavía falta mucho para garantizar condiciones de vida dignas para las personas afromexicanas y negras en el país.

Su respuesta es contundente cuando se le pregunta si México sigue siendo un país racista: sí.

Ese es precisamente uno de los ejes de ¡Quiero ser antirracista!, su libro publicado por Grijalbo. En él amplía conversaciones iniciadas por autores como Federico Navarrete e incorpora nuevas discusiones sobre el impacto de la inteligencia artificial y las tecnologías digitales como herramientas que también pueden reproducir la violencia racial.

Asimismo, plantea la necesidad de entender el antirracismo de manera inseparable del feminismo, convencida de que ambas luchas comparten estructuras de opresión que deben enfrentarse de forma conjunta.

Para Ogata, uno de los principales riesgos consiste en reducir el antirracismo a gestos simbólicos o declaraciones públicas. Considera que muchos gobiernos utilizan el reconocimiento de las comunidades afrodescendientes como una forma de legitimación política, sin traducir esos discursos en políticas públicas que produzcan cambios reales.

Por ello, en su manual propone pasar de las acciones meramente performativas a medidas concretas que modifiquen las condiciones estructurales del racismo. No basta, afirma, con declararse antirracista; es necesario actuar como tal.

En el ámbito literario, uno de los momentos decisivos de su trayectoria fue su participación en la antología Tsunami 2. La invitación de la escritora y editora Gabriela Jauregui llegó cuando todavía no contaba con una obra ampliamente publicada.

Recuerda esa experiencia como un punto de inflexión en su carrera, no sólo por la confianza depositada en su trabajo, sino porque la antología amplió los espacios para mujeres trans, indígenas, afromexicanas y personas de la diversidad sexual. Destaca además la coherencia política de Jauregui, a quien considera una autora que actúa conforme a las ideas que defiende.

Otra faceta importante de su obra es la literatura infantil. Con Mi pelo chino buscó ofrecer a las infancias afromexicanas un libro en el que pudieran reconocerse y celebrar sus cuerpos sin la presión constante de modificarlos para responder a estándares racistas de belleza.

También ha explorado otros registros narrativos. En Cabezas en la ventana se aventuró por primera vez en el cuento de terror, alejándose del tipo de textos con los que habitualmente la identifica el público lector.

Publicar junto a autoras y autores como Mariana Enríquez, Alberto Chimal, Lina María Parra Ochoa y Elaine Vilar fue para ella un privilegio. Además, el reciente encuentro con lectores que conocieron esa faceta de su escritura la ha motivado a seguir desarrollando ficción, especialmente dentro del género fantástico y de terror.

Uno de los temas que aborda con mayor profundidad es el lenguaje. Explica que muchos términos utilizados históricamente para nombrar a las personas negras tienen un origen profundamente racista porque establecen asociaciones con los animales.

El caso de "cimarrón", señala, remite tanto a las personas esclavizadas que escapaban hacia el monte como al ganado que huía de los corrales. En cuanto a "mulato", recuerda que su origen proviene de la palabra "mula", utilizada para designar el cruce entre especies distintas, una comparación que deshumaniza a las personas.

Reconoce que existen posturas distintas respecto a estas palabras. Algunas personas optan por resignificarlas y reapropiarse de ellas, mientras otras consideran que su carga histórica es irreparable y prefieren dejar de utilizarlas. En cualquier caso, insiste en que es indispensable conocer su origen para comprender cómo el lenguaje también reproduce el racismo.

A pesar de que reconoce la enorme dimensión histórica del problema —más de cinco siglos de violencia estructural—, mantiene una mirada esperanzadora. Si el racismo ha tardado cientos de años en construirse, desmantelarlo también requerirá tiempo.

Sin embargo, recuerda que la historia de la humanidad es mucho más extensa que esos cinco siglos y confía en que algún día será posible construir una sociedad donde el color de la piel deje de determinar las oportunidades, los derechos y la calidad de vida de las personas.

Foto: Miguel Benítez.