Carmen Leñero: “Aquello que buscas te modifica, aunque no lo encuentres”
Habla sobre El oro de las sombras, una novela que le tomó diez años de trabajo y donde la investigación histórica, la poesía, la dramaturgia y la ficción se entrelazan para reconstruir la intimidad de una monja novohispana que nunca existió, pero que pudo haber existido.
La forma de El oro de las sombras -publicado por Ediciones Bonart-, no nació de un plan previo. Carmen Leñero explica para Página Zero que la estructura híbrida fue apareciendo conforme avanzaba la escritura. Mientras redactaba la novela, cada personaje parecía reclamar su propia manera de hablar. Algunos pedían una expresión cercana a la poesía; otros, como Alonso, exigían una voz más contenida. En el caso del personaje masculino, cuya presencia se articula a través de una carta, únicamente aparecen algunos impulsos amorosos dirigidos a su esposa fallecida. Fue hasta la tercera parte del proceso cuando comprendió que la novela debía organizarse como una arquitectura de voces y tiempos.
Desde las primeras páginas aparece una escritora que intenta escuchar a un personaje antes de escribirlo. Leñero reconoce que, antes de comenzar, necesita vislumbrar quién es esa figura que habitará la novela, aunque nunca de forma literal. Más bien se trata de abrir un espacio interior donde esa voz encuentre acomodo. Lo describe como un acto semejante a soñar despierta: dejar que la intuición revele cómo hablaría ese personaje y qué tendría necesidad de decir.
La construcción de ese universo exigió un delicado equilibrio entre la documentación histórica y la imaginación narrativa. La autora, lectora constante de novela histórica, sabe que el género concede ciertas libertades, pero también impone límites. Los grandes acontecimientos históricos no pueden alterarse. Lo que sí puede inventarse es la vida íntima de personajes que habrían podido existir dentro de ese contexto. Su propósito nunca fue modificar la historia de la Nueva España, sino poblarla con seres verosímiles cuya existencia dialogara naturalmente con ella.
Ese principio encuentra su mejor ejemplo en Jacinta, protagonista ficticia de la novela. Aunque nunca existió, Leñero sostiene que pudo haber existido. Para darle profundidad estudió numerosas cartas escritas por monjas reales de México y de distintos países de Latinoamérica. En esos testimonios encontró pensamientos, emociones y conflictos que sirvieron como base para construir un personaje de ficción con auténtica densidad humana. Algunas características nacieron de su imaginación, pero siempre procuró que fueran coherentes con la psicología de una religiosa del siglo XVII.
La investigación ocupó buena parte de los diez años que dedicó a la novela. Más que acumular datos, necesitó comprender el tiempo histórico. Elaboró una extensa efeméride donde registró eclipses, inundaciones, revueltas, nacimientos y muertes, así como los acontecimientos que ocurrían mientras transcurría la vida de cada personaje. Aunque esos hechos rara vez aparecen mencionados de forma explícita en la novela, funcionan como una estructura invisible que sostiene el relato y garantiza su fidelidad histórica. Quien conozca ese periodo reconocerá que todo ocurre exactamente cuando debía ocurrir.
Paradójicamente, Leñero confiesa que nunca había sido una apasionada de la historia. Sin embargo, la escritura terminó convirtiéndola en una entusiasta de ese conocimiento. Descubrió que el pasado está lleno de vacíos y contradicciones, espacios donde la ficción puede intervenir legítimamente. Si la historia registra lo que sucede hacia afuera, la novela tiene la posibilidad de explorar aquello que ocurre en el interior de las personas.
Entre los aspectos que más le interesaba recuperar del universo femenino novohispano estaban aquellas verdades conocidas solo parcialmente. Las amistades profundas entre las monjas, por ejemplo, no fueron una invención literaria, sino una realidad documentada en conventos donde mujeres que habían renunciado al matrimonio construían vínculos afectivos intensos entre ellas.
También le interesó rescatar la intensa vida cultural que existía en esos espacios religiosos. Las propias religiosas escribían comedias y autos sacramentales que después representaban disfrazándose ellas mismas, convirtiendo el teatro en una de las principales formas de entretenimiento conventual.
Otro universo fascinante fue el de la cocina conventual. Españolas, criollas, indígenas y mujeres negras convivían en esos espacios domésticos, donde esclavas y sirvientas participaban en la elaboración de los alimentos. Para Leñero, ese mestizaje culinario explica el origen de una buena parte de la cocina mexicana que hoy es reconocida como patrimonio de la humanidad.
En la novela, el cuerpo femenino aparece atravesado constantemente por la religión, el poder y la autoridad masculina. La autora considera que esa tensión no fue una decisión consciente, sino una consecuencia natural del periodo histórico que retrata. Los conventos dependían formalmente de autoridades religiosas masculinas, pero al mismo tiempo desarrollaban leyes internas que las propias monjas defendían con firmeza. Cuando surgían conflictos con las órdenes religiosas, muchas escribían directamente a España para defender las particularidades de la Nueva España. Esa convivencia entre obediencia aparente y autonomía práctica generaba espacios inesperados de libertad.
Las mujeres que ingresaban al claustro, recuerda Leñero, muchas veces lo hacían obligadas por sus familias. Una vez dentro, prácticamente no volvían a salir, pues incluso eran enterradas ahí. El convento representaba simultáneamente encierro y posibilidad de construir otra forma de comunidad femenina.
La novela está narrada desde cinco perspectivas distintas porque la autora necesitaba múltiples miradas alrededor de un mismo misterio. La existencia de Jacinta funciona como un enigma cuya influencia atraviesa generaciones. Para Leñero, la vida de cualquier persona continúa transformando otras existencias mucho después de haber terminado. Investigar a alguien del pasado implica permitir que ese pasado modifique también la mirada del investigador. Todos, afirma, tenemos vidas anteriores que nos determinan y vidas posteriores que jamás conoceremos.
Aunque figuras como Sor Juana aparecen inevitablemente durante el recorrido, la escritora procuró que nunca eclipsaran a su protagonista. Las grandes religiosas novohispanas fueron fuentes documentales y referentes históricos, pero la intención nunca fue contar sus historias, sino permitir que los personajes ficticios dialogaran con ellas desde opiniones propias y no desde la versión oficial de la historia.
La creación de las distintas voces también exigió una rigurosa investigación lingüística. Leñero trabajó con un amplio diccionario histórico que registra la evolución del español entre los siglos XV y XIX. Ahí verificaba si determinadas palabras existían en la época, cómo se utilizaban y qué diferencias presentaban según el origen social de quienes las pronunciaban. Los ejemplos extraídos de documentos jurídicos y textos literarios le permitieron comprender el funcionamiento real del lenguaje.
Como poeta e investigadora con formación en lingüística, esa exploración terminó convirtiéndose en uno de los mayores placeres del proceso creativo. Muchas veces una simple consulta derivaba en largas horas de lectura sobre las variantes lingüísticas empleadas por españoles, mestizos o indígenas. Además, grababa testimonios y los escuchaba repetidamente para incorporarlos a su intuición vocal y conseguir que las voces narrativas sonaran naturales.
Su experiencia como dramaturga y poeta también marcó profundamente la novela. La poesía, sostiene, no enseña únicamente a escribir con belleza, sino a expresar aquello que nunca ha sido dicho. A través del lenguaje es posible llegar al alma de un personaje y descubrir aquello que lo hace único. Esa convicción explica que todos los personajes sean también narradores con voz propia.
Uno de los aspectos que más cuidó fue conservar la ambigüedad alrededor de las experiencias espirituales de Jacinta. Nunca quiso decidir si aquello que vive la protagonista corresponde a un milagro, un delirio, una experiencia mística o una enfermedad. Prefirió mantenerse en una posición de empatía antes que emitir un juicio. Para Leñero, la literatura debe comprender la experiencia humana incluso cuando quien la vive piensa de manera distinta.
Después de años dedicados al teatro, la poesía y el ensayo, El oro de las sombras le permitió explorar por primera vez el entrecruzamiento entre historia y ficción. A diferencia de otras novelas, esta exigía viajar hacia un tiempo que ella nunca vivió y reconstruirlo con la mayor fidelidad posible.
Durante ese recorrido descubrió que el México contemporáneo conserva mucho más del mundo virreinal de lo que suele reconocerse. Los tres siglos de Nueva España, afirma, moldearon la identidad del país actual mediante la convivencia y la fusión de las tradiciones indígenas, españolas y africanas. Aunque frecuentemente se piensa que México comienza con la Independencia, considera que buena parte de sus valores, costumbres y formas de entender el mundo fueron forjadas mucho antes.
La novela también la transformó personalmente. Después de una década de trabajo adquirió mayor confianza en sí misma. Emprender un proyecto de tal magnitud implicó convencerse de que sería capaz de dominar el enorme material histórico y convertirlo en literatura. Esa seguridad terminó siendo una de las principales conquistas que le dejó el libro.
Leñero reconoce que El oro de las sombras no es una novela de lectura sencilla, pero sí una obra profundamente auténtica. Lo único que espera dejar en sus lectores es el asombro. Más allá del misterio detectivesco que estructura la narración, le interesa que permanezca la experiencia de descubrir cómo la búsqueda de una persona del pasado termina transformando a quienes intentan comprenderla. La sombra de Jacinta, dice, posee una emanación luminosa capaz de modificar la vida de quienes la persiguen, incluso si nunca logran encontrar todas las respuestas.
Si hoy pudiera encontrarse frente a Jacinta, no le haría ninguna pregunta. Todas esas preguntas, asegura, ya fueron formuladas durante la escritura de la novela. Lo único que haría sería consolarla. Le diría que, si cree en Dios, Dios la ama; y que, si no cree, también la ama. Comprende el sufrimiento de una mujer que termina sintiéndose indigna de aquello que más ama. Esa crisis espiritual, semejante a la que también han vivido filósofos, místicos y poetas como Virgilio cuando quiso destruir su propia obra, representa el momento en que alguien llega a pensar que toda su vida ha sido una mentira. Frente a ese dolor, Carmen Leñero solo tendría una respuesta para su personaje: su vida fue verdadera y sus actos tuvieron consecuencias, aunque ella nunca alcanzara a verlas.
Foto: Especial.