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Farmear aura: cuando el carisma se convierte en una moneda social

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Del lenguaje gamer a las redes sociales, el fenómeno de “farmear aura” refleja cómo las nuevas generaciones construyen identidad, presencia y reconocimiento en el entorno digital

Hay palabras que nacen para describir una conducta y terminan por convertirse en el espejo de una generación. “Farmear aura” es una de ellas. La expresión, que circula en TikTok, Instagram, X y en las conversaciones cotidianas entre jóvenes, combina la lógica de los videojuegos con una preocupación propia de la cultura digital: construir y proyectar una determinada percepción de uno mismo frente a los demás.

En términos sencillos, “farmear aura” significa realizar acciones que aumenten la percepción de carisma, seguridad, estilo o magnetismo personal. El concepto toma como referencia el farming de los videojuegos, donde los jugadores repiten acciones para acumular recursos, experiencia u objetos. En el terreno de la personalidad, esa lógica se traslada de manera simbólica a la acumulación de “aura”, como si el carisma fuera una estadística social.

De ahí surge la idea de los llamados “aura points”. Una mirada, una respuesta ingeniosa, una entrada espectacular, una habilidad inesperada o una forma particular de vestir pueden traducirse en “+1000 de aura”. En cambio, una situación incómoda o un intento demasiado evidente por parecer interesante puede representar una pérdida de puntos. El marcador no existe, pero el lenguaje funciona como una forma humorística de medir el atractivo y el estatus dentro de las comunidades digitales.

De los videojuegos y el anime al fenómeno global

El concepto no tiene un único creador claramente documentado. Su popularización comenzó alrededor de 2024 en comunidades de internet vinculadas con videojuegos, anime, memes y cultura digital. Posteriormente, el término encontró una imagen capaz de llevarlo a una audiencia internacional: Rayyan Arkan Dikha, un niño de Indonesia que se hizo viral durante las carreras tradicionales Pacu Jalur, en Riau.

Dikha, entonces de 11 años, participaba como bailarín sobre la proa de una embarcación y realizaba movimientos para animar a los remeros y al público. Su equilibrio, serenidad, vestimenta tradicional y manera de bailar fueron interpretados en redes como una representación perfecta del concepto de “aura farming”. El video fue remezclado, musicalizado y compartido por usuarios de distintos países.

La viralidad también produjo efectos fuera de las redes. De acuerdo con el material consultado, un video de la competencia había superado los 58 millones de reproducciones y 1.6 millones de “likes” para agosto de 2025, mientras que el fenómeno despertó interés por la tradición cultural de Riau.

La paradoja de parecer auténtico

Para el comunicólogo Rodrigo Pujol Del Toro, uno de los aspectos más reveladores del fenómeno es la tensión entre apariencia y autenticidad. “Farmear aura” parece referirse a fabricar una imagen, pero también demuestra que, en internet, la espontaneidad puede convertirse en una forma de estatus.

Una persona puede planear su ropa, una pose, la música, la expresión facial o el momento exacto para aparecer frente a una cámara. Sin embargo, cuanto más evidente resulta el esfuerzo por proyectar una determinada imagen, mayor puede ser el riesgo de que la audiencia lo considere forzado o cringe. De esta paradoja surge una nueva regla cultural: el estatus digital consiste, en buena medida, en parecer que no se está buscando estatus.

El fenómeno también modifica la manera de entender la identidad. Si durante años las marcas buscaron controlar sus mensajes y las redes sociales permitieron que las audiencias participaran en su construcción, ahora esa lógica alcanza al individuo: cada persona puede convertirse en una pequeña marca que administra su percepción pública.

Del “like” al “aura point”

Seguidores, likes, comentarios, reproducciones y compartidos han funcionado como indicadores de popularidad en internet. “Aura”, en cambio, propone una medida más abstracta: la impresión que una persona produce.

Se puede tener pocos seguidores y conservar “aura”; ser famoso y perderla en segundos; o realizar una acción cotidiana que, por la manera en que ocurre, termine convertida en una escena viral. Así, el concepto desplaza el centro de la influencia: ya no se trata sólo de tener audiencia, sino de tener presencia.

Para Pujol Del Toro, este lenguaje permite hablar de jerarquías sociales, popularidad, atractivo y reputación sin recurrir a explicaciones solemnes. El humor funciona como una herramienta para traducir esas relaciones y convertirlas en un código comprensible dentro de las comunidades digitales.

El “aura” sale de las pantallas

Durante 2026, el fenómeno comenzó a adquirir una dimensión presencial con las llamadas “batallas de farmear aura”. Jóvenes se enfrentan mediante poses, gestos, movimientos y actitudes para determinar quién proyecta mayor presencia. Lo que comenzó como una expresión para describir determinados videos terminó convirtiéndose en una dinámica social, competitiva y participativa.

La transformación resulta significativa: los códigos de internet vuelven a la calle. Primero fueron los memes; después, los bailes y retos. Ahora el “aura” se convierte en una forma de espectáculo.

Una moda que habla de identidad

Es posible que “farmear aura” sea reemplazado pronto por otra expresión, como suele ocurrir con el lenguaje de internet. Sin embargo, el comportamiento que describe puede permanecer porque responde a una necesidad más antigua: ser vistos, reconocidos y admirados. Lo que cambia es el lenguaje con el que las nuevas generaciones explican esa necesidad.

Para la comunicación y las marcas, el fenómeno también plantea una lección. Intentar apropiarse de la tendencia de manera forzada puede producir el efecto contrario al buscado. El “aura” depende de elementos como espontaneidad, humor, estética, ironía y participación, pero sobre todo de la capacidad de generar una escena que el público quiera compartir porque le resulta genuinamente divertida o sorprendente.

El caso de Pacu Jalur resulta representativo: una tradición local se convirtió en un fenómeno internacional no porque hubiera sido concebida como una campaña global, sino porque los usuarios encontraron una imagen poderosa, la reinterpretaron y la distribuyeron. La viralidad, en ese sentido, no siempre puede fabricarse; muchas veces sólo puede prepararse el terreno para que ocurra.

Detrás de los memes, los “+1000 aura” y las batallas callejeras existe una generación que aprende a construir su identidad en público. La pregunta, entonces, rebasa a TikTok y a las modas digitales: ¿se está construyendo quién se es o la versión de uno mismo que se quiere mostrar a los demás?

Quizá “farmear aura” sea sólo otra expresión pasajera de internet. O quizá sea una de las formas más precisas de describir una época en la que la identidad también se edita, se publica, se comparte y se mide.

Foto: Especial.