Juan Gabriel Vásquez | Narrar lo que la historia calla
En Los nombres de Feliza, el escritor colombiano revisita la vida de la artista Feliza Bursztyn y reflexiona sobre una generación de autores que busca explicar las fracturas de América Latina desde la novela.
Para Juan Gabriel Vásquez, la literatura latinoamericana posterior al boom ha asumido una tarea clara: explorar los territorios donde la historia oficial y el periodismo no alcanzan a explicar la complejidad de la región.
El autor de El ruido de las cosas al caer sostiene que los escritores nacidos después del boom crecieron bajo la influencia de autores como Gabriel García Márquez, Carlos Fuentes, Mario Vargas Llosa y Julio Cortázar, pero también con la necesidad de ir hacia lugares narrativos que sus antecesores no exploraron.
“Las novelas del boom cubrieron nuestro continente con historias que lo explicaron, lo exploraron y lo iluminaron. Pero nuestra generación ha tratado de ir hacia donde esos maestros no fueron”, explica.
Vásquez considera que la literatura latinoamericana ha cargado durante décadas con la misión de contar aquello que las versiones oficiales omiten. Dictaduras, revoluciones, golpes de Estado y conflictos armados marcaron a una generación que encontró en la ficción una forma de revisar los vacíos del relato histórico.
En su obra, esa búsqueda ha sido constante. En El ruido de las cosas al caer exploró el impacto íntimo del narcoterrorismo en Colombia. En La forma de las ruinas abordó los magnicidios y sus efectos en la memoria colectiva. En Volver la vista atrás reconstruyó la historia del cineasta Sergio Cabrera entre la China de Mao Zedong y las revoluciones armadas de Colombia.
El escritor cita a Milan Kundera como una influencia clave: “La única razón de ser de la novela es decir lo que solo la novela puede decir”. Bajo esa premisa, reconoce también el trabajo de autores contemporáneos como Mariana Enríquez, Alejandro Zambra y Nona Fernández, quienes han encontrado distintas estrategias narrativas para abordar las heridas políticas de sus países.
“Es como si todos estuviéramos armando un gran rompecabezas de la historia latinoamericana. Cada novelista pone una pieza para intentar construir un retrato coherente”, afirma.
En Los nombres de Feliza, Vásquez se adentra en la vida de Feliza Bursztyn, una artista colombiana que desafió al mundo cultural y político de su época.
Durante su investigación encontró una contradicción que definió la novela: la distancia entre la imagen pública de una mujer extrovertida y carismática, descrita por Gabriel García Márquez como alguien de risa explosiva, y la violencia que enfrentó en distintos ámbitos.
Bursztyn fue cuestionada por un entorno artístico que desacreditaba su trabajo por ser mujer y por utilizar materiales industriales y de desecho en sus esculturas. Vásquez recuerda un episodio que sintetiza su carácter: mientras trabajaba con herramientas de soldadura, un periodista cuestionó la “feminidad” de su obra. Ella respondió colocándose un collar de perlas sobre su ropa de trabajo antes de regresar a la entrevista.
“Así sí estoy más mujer”, respondió con ironía.
La persecución también alcanzó su vida política. Durante el gobierno de Julio César Turbay Ayala fue detenida sin cargos por sus vínculos con sectores de izquierda, situación que derivó en su exilio. En su vida personal enfrentó otro conflicto cuando su primer esposo intentó impedir que continuara su carrera artística.
Para Vásquez, su historia representa una resistencia constante frente a estructuras que buscaron limitarla.
“La investigación me permitió conocer los hechos, pero la novela entra donde la investigación no puede: en las emociones, en los procesos mentales, en la vida interior”, señala.
El escritor también reflexiona sobre la melancolía latinoamericana y la relación entre violencia y celebración. Considera que los países de la región heredan ciclos de dolor que atraviesan generaciones, como ocurre en Colombia desde el asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948.
Frente a esa herencia, identifica una contradicción que atraviesa a América Latina: sociedades marcadas por la violencia que también encuentran refugio en la fiesta, el humor y la vida colectiva.
Para explicarlo, recuerda una anotación de los diarios de Anton Chekhov: un hombre gana todo en un casino y luego se suicida.
“Si lo pierde todo, no hay historia. Si lo gana todo y se suicida, ahí aparece una contradicción que merece ser contada”, concluye.
En esa tensión entre la celebración y la tragedia, Vásquez encuentra uno de los motores centrales de su literatura y una clave para entender a América Latina.
Foto: Miguel Benítez.