La batalla por la Colección Gelman: ciudadanos exigen frenar la salida de un patrimonio que consideran irrenunciable
Mientras el INBAL guarda silencio sobre el destino de 30 Monumentos Artísticos, crece el reclamo social para impedir que obras de Frida Kahlo, Diego Rivera y otros maestros del arte mexicano abandonen el país por tiempo indefinido.
A unos días del cierre de la exposición Relatos modernos en el Museo de Arte Moderno (MAM), la despedida de la Colección Gelman amenaza con convertirse en uno de los episodios más polémicos de la política cultural reciente. Lo que comenzó como una muestra temporal ha derivado en un debate nacional sobre la protección del patrimonio artístico, el papel del Estado y los límites de la propiedad privada cuando están en juego obras consideradas parte de la memoria colectiva de México.
El centro de la controversia son treinta obras declaradas Monumento Artístico, pertenecientes a un acervo de 160 piezas reunidas por Jacques y Natasha Gelman. Entre ellas figuran pinturas de Frida Kahlo, Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y María Izquierdo, creadores cuya obra trasciende el mercado del arte para convertirse en parte esencial de la identidad cultural del país.
La legislación mexicana permite que este tipo de obras viajen al extranjero para exposiciones temporales, siempre bajo autorización del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL) y con la garantía de su retorno. Sin embargo, integrantes del colectivo Defendamos la Colección Gelman denuncian que, en esta ocasión, el permiso contempla una salida por tiempo indefinido, una decisión que califican como inédita y carente de explicaciones públicas.
La falta de información por parte del INBAL ha sido uno de los principales detonantes del descontento. Para el colectivo, la institución ha evitado responder por qué un conjunto de Monumentos Artísticos podría establecer su sede principal fuera del país, cuando precisamente la figura jurídica que los protege busca asegurar su conservación y acceso para la sociedad mexicana.
La polémica se intensifica porque Natasha Gelman dejó establecido en su testamento que la colección debía depositarse en un museo o centro cultural en México. No obstante, tras permanecer durante dos décadas bajo la administración de su albacea, Robert Littman, el acervo terminó en manos de un nuevo propietario, quien lo entregó al Banco Santander para su gestión y exhibición en un espacio cultural que abrirá próximamente en la ciudad española de Santander.
Más allá del litigio jurídico, el caso ha despertado una reacción ciudadana poco común en torno al patrimonio artístico. Los comentarios que acompañan la petición pública revelan una preocupación compartida: la sensación de que México podría perder una parte irremplazable de su legado cultural.
"Ya nos robaron mucho, ya paren de intentar quitar la cultura, arte y esencia del país", escribe Karol Lizbeth. Benita sostiene que "lo que es de México es de México, no negociable", mientras que Francisco J. considera que mantener la colección en territorio nacional significa defender "el derecho a la cultura" y garantizar que estas obras permanezcan al alcance de todos.
Otras voces insisten en que el patrimonio artístico no puede entenderse únicamente como un activo económico. "Cuando se comprenda que la cultura y el arte tienen un gran valor, también monetario, se entenderá por qué estamos firmando este tipo de iniciativas", señala Miriam Ximena.
Incluso entre quienes escriben desde el extranjero prevalece una idea semejante. Grace afirma que, en plena era digital, Frida Kahlo no necesita viajar para ser conocida internacionalmente y que la obra creada a partir de la experiencia mexicana "debería permanecer donde fue vivida". Para Rosa, la preservación del patrimonio artístico constituye un derecho humano y una obligación irrenunciable del Estado.
Entre los argumentos más reiterados aparece el caso de Frida Kahlo. De las treinta obras protegidas de la colección, diez son de la pintora, mientras que los museos públicos mexicanos resguardan apenas seis pinturas y un solo autorretrato: Las dos Fridas. Para los impulsores de la campaña, resulta paradójico que uno de los conjuntos más importantes de la artista pueda establecerse de manera permanente fuera del país que inspiró su obra.
El éxito de Relatos modernos, considerada la exposición más visitada en la historia del Museo de Arte Moderno, refuerza ese argumento. Miles de visitantes acudieron para contemplar piezas que difícilmente volverían a reunirse en México si el traslado se concreta.
La controversia también pone bajo escrutinio la actuación del INBAL. Quienes impulsan la campaña no sólo cuestionan la posible autorización para la salida prolongada de las obras, sino la ausencia de transparencia en un asunto que involucra bienes protegidos por el Estado. A su juicio, el Instituto parece haber privilegiado los intereses de los propietarios y de una entidad financiera extranjera antes que el mandato de resguardar el patrimonio artístico nacional.
La discusión trasciende el destino de una colección privada. Lo que está en juego es el modelo de protección del patrimonio cultural mexicano y la capacidad del Estado para garantizar que obras consideradas Monumento Artístico sigan siendo accesibles para la sociedad que les dio origen.
Mientras el reloj avanza hacia el cierre de la exposición, crece la presión para que el Gobierno federal intervenga. La presidenta Claudia Sheinbaum ha manifestado anteriormente que le gustaría que la Colección Gelman permaneciera en México. Ahora, quienes respaldan la petición sostienen que esa declaración debe traducirse en acciones concretas.
La pregunta ya no es únicamente dónde serán exhibidas estas obras, sino qué tan dispuesto está el Estado mexicano a ejercer la tutela que la ley le confiere sobre uno de los acervos más valiosos del arte nacional.
Foto: Especial.