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Las horas vivas de Mónica de Neymet regresan para interrogar al presente

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Mariana Giacomán escribe el prólogo, de esta obra de su abuela que convierte la aparente quietud doméstica en el escenario de los grandes conflictos de sus personajes femeninos.

Para Mariana Giacomán, acercarse a Las horas vivas no significó sólo leer una novela. Significó entrar en la escritura de su abuela, la doctora Mónica de Neymet, una autora que publicó esta obra en los años ochenta y obtuvo con ella el Premio Colima de Narrativa, pero cuya novela permaneció durante años lejos de los lectores.

Tras la muerte de su abuela, Giacomán conservó una de las varias copias que había en la familia. Durante años evitó leerla. No por falta de interés, sino por temor a encontrarse con su abuela de una manera distinta, a través de sus palabras.

La oportunidad llegó a principios de este año, cuando recibió un correo de la UNAM para informarle que Las horas vivas sería reeditada dentro de Vindictas, colección dedicada a recuperar obras de escritoras del siglo XX que, por distintas circunstancias, quedaron fuera de circulación.

La noticia tuvo para ella un significado particular: Mónica de Neymet impartió clases durante tres décadas en la UNAM, institución que Giacomán define como la casa de su abuela. La coincidencia hizo que la reedición adquiriera un carácter casi familiar.

“Todo se sintió como muy de la hora del destino”, recuerda.

La escritora aceptó escribir el prólogo y se enfrentó a la novela con la intención de apartarse, en la medida de lo posible, del vínculo familiar. Lo que encontró fue una obra que la sorprendió por su libertad, crudeza y capacidad para abordar la vida de las mujeres desde una perspectiva frontal.

“Es una novela muy atrevida”, afirma. “Muy frontal, muy cruda, muy bella en su prosa”.

Ambientada a principios de los años sesenta, la novela se desarrolla alrededor de un edificio de Tacubaya, el 710, donde conviven mujeres pertenecientes a distintas clases sociales. Para Giacomán, esa diversidad convierte al inmueble en una especie de microcosmos de la sociedad mexicana.

La novela muestra a mujeres que viven en departamentos y a empleadas domésticas que ocupan las azoteas; a una productora de televisión que mantiene a sus hijos y tiene una relación con un hombre más joven; a una estudiante; a una mujer que ejerce la prostitución; y a otras que escapan de relaciones violentas o de entornos familiares adversos.

La pluralidad de esas experiencias permite que Las horas vivas cuestione una idea de sororidad homogénea. Todas las mujeres están atravesadas por estructuras patriarcales, pero no todas ocupan la misma posición social.

“Entre las propias mujeres sigue habiendo la jerarquía de clase”, señala Giacomán.

El tiempo que parecía no ocurrir

Uno de los elementos que más le interesó explorar en el prólogo es la aparente oposición entre el tiempo de los hombres y el de las mujeres.

Mientras los personajes masculinos salen a trabajar, acuden a reuniones, hablan de política, de Estados Unidos o de Cuba y consideran que sus actividades pertenecen al ámbito de lo importante, las mujeres permanecen en sus casas. Leen, escriben una tesis, se maquillan, limpian, cuidan bebés o realizan labores domésticas.

Ese tiempo que desde la perspectiva masculina podría considerarse vacío es, para Giacomán, el verdadero centro de la novela.

Las llamadas “horas muertas” son el espacio donde se desarrollan los conflictos internos y externos de las protagonistas. Aunque desde fuera parezca que no sucede nada, dentro de ellas se acumulan deseos, tensiones, frustraciones y decisiones que poco a poco las conducen hacia puntos de quiebre.

“Lo que está pasando al interior de ellas, y que probablemente no le cuentan ni a sus maridos ni a sus vecinas, es algo que está cambiando dentro de ellas”, explica.

De ahí surge su interpretación del título: las horas que parecen detenidas son, en realidad, las horas en las que la vida está ocurriendo.

La novela construye ese universo mediante ventanas, puertas y departamentos que permiten observar fragmentos de las vidas ajenas. El lector se convierte así en una especie de espía que mira desde afuera, pero nunca posee toda la información.

Giacomán encuentra en ese mecanismo uno de los grandes juegos narrativos de la obra. La propia narradora termina revelándose como quien escribe las historias, lo que abre una duda fundamental: aquello que observó desde las ventanas, ¿ocurrió realmente o fue una fabulación?

“Alcanza a ver tantito una puertita, algo, y ahí atrás está toda una vida contenida de la que tú puedes imaginar cualquier cosa, pero tampoco estás seguro de que así sea”, plantea.

Una habitación propia

Entre los hallazgos personales que acompañaron la lectura estuvo una copia de Una habitación propia, de Virginia Woolf, perteneciente a la biblioteca de Mónica de Neymet.

Giacomán encontró que su abuela había anotado en el ejemplar la fecha en que lo leyó. La coincidencia la sorprendió: ella misma tenía 23 años cuando encontró el libro y acababa de obtener una beca de escritura. Su abuela también tenía 23 años cuando leyó a Woolf.

La relación entre esa lectura y Las horas vivas le permitió observar de otra manera al personaje de Matilde, una joven que cuenta con cierta independencia económica y dispone de un espacio propio para escribir.

Matilde es huérfana y recibe un ingreso derivado de una propiedad familiar. Esa situación le permite no preocuparse por el dinero, pero también le provoca una sensación de culpa. Se pregunta qué derecho tiene a escribir si considera que no ha vivido lo suficiente.

Su respuesta comienza a surgir cuando observa lo que sucede a su alrededor. Desde su habitación escucha golpes, gritos, descubre conflictos y encuentros fortuitos. A partir de esos fragmentos construye historias.

Para Giacomán, Matilde puede leerse como una proyección de su abuela, aunque no necesariamente como un retrato literal de ella.

La lectura de Una habitación propia durante la juventud de Mónica de Neymet muestra, desde su perspectiva, que la autora era consciente de las condiciones materiales y simbólicas necesarias para que una mujer pudiera escribir.

El edificio como retrato social

El número 710 de Tacubaya funciona como algo más que un escenario. Es, para Giacomán, un retrato social de la época.

“Es como un microcosmos que contiene muchas realidades”, explica.

En el edificio conviven distintas clases sociales, edades, profesiones y experiencias de vida. Las diferencias económicas determinan también las posibilidades de autonomía de las mujeres.

La estructura coral y polifónica de la novela permite que esas experiencias se entrecrucen. No existe una única protagonista ni una sola mirada. Las voces cambian y la focalización pasa de un personaje a otro.

Para Giacomán, esa libertad formal es parte del carácter atrevido de la novela.

Y existe una coincidencia que adquirió un significado especial para ella: años después de la escritura de Las horas vivas, Giacomán publicó Los malaventurados, una novela que también trabaja con fragmentos, múltiples voces narrativas y cambios de focalización.

Cuando escribió su libro todavía no había leído la novela de su abuela.

“Después descubrí esta similitud y dije: claro, pues es ese lazo que siempre he tenido con ella, de esta forma de ver el mundo y de siempre querer ser muy curiosas”, cuenta.

La relación entre ambas también aparece en una inclinación compartida hacia los temas oscuros. Giacomán recuerda una frase de su abuela cuando ella tenía ocho años: “Mi mente es un caudal de horrores”.

La niña respondió que la suya también.

“Creo que tenemos mucho en común, ciertas ganas de escribir cosas crudas”, dice ahora.

Una novela, una vida literaria

Giacomán considera que la recuperación de Las horas vivas dentro de Vindictas no debe entenderse sólo como una deuda con una autora que dejó de circular. Para ella, se trata de una respuesta a un mundo editorial en el que las novedades se suceden con rapidez y los libros pueden desaparecer de las mesas de las librerías pocos meses después de su publicación.

En ese contexto, la colección permite volver a poner en circulación obras que fueron desplazadas por las dinámicas del mercado.

En el caso de Mónica de Neymet, existe además una particularidad: escribió una sola novela.

Giacomán no considera que eso represente una carencia. Por el contrario, piensa que su abuela pudo haber decidido concentrar en ese único libro aquello que quería decir.

“No creo que hubiera querido publicar más”, afirma. “Creo que fue toda su intención publicar nada más una novela en su vida, pero una novela que realmente dijera lo que quería decir”.

Por eso celebra la reedición y espera con curiosidad la recepción de nuevos lectores.

Preguntar a la abuela

La recuperación de Las horas vivas también despierta una pregunta que Giacomán sólo puede formular como un ejercicio de imaginación: ¿Dónde está Mónica de Neymet dentro de su propia novela?

Si pudiera conversar de nuevo con ella, quisiera preguntarle cuánto de su vida hay en Matilde, cuánto tomó de sus amistades, de las personas que conoció o incluso de su propia familia.

“Yo no creo que porque escribas algo es porque te pasó a ti, pero sí creo que es imposible separarte a ti mismo por completo de lo que escribes”, reflexiona.

Le gustaría saber si su abuela fue Matilde, si fue una versión más joven de ella misma o si aparece dispersa entre varios personajes.

Incluso quisiera preguntarle si su abuelo está en la novela. Pero en esa última pregunta aparece una duda que, quizá, preferiría conservar.

“Quisiera preguntarle si mi abuelo está en la novela, pero al mismo tiempo no quisiera saber la respuesta”, confiesa.

La nueva edición de Las horas vivas vuelve así a poner en circulación una novela escrita hace más de cuatro décadas, pero también abre un diálogo íntimo entre dos generaciones de escritoras. Para Mariana Giacomán, leer a su abuela terminó siendo una forma de descubrir no sólo una obra que merecía regresar a los lectores, sino también los vínculos secretos que pueden existir entre una escritora y quienes vienen después de ella.

Foto: Especial.