Michelle Ruiz Valdez: “La memoria recuerda y reproduce los sabores primigenios”
La autora de Memoria gustativa reflexiona sobre la relación entre literatura, gastronomía e identidad durante la FILA Acapulco 2026
La tarde en Acapulco marcaba 34 grados y una sensación térmica cercana a los 40. En ese clima de calor intenso, la escritora Michelle Ruiz presentó Memoria gustativa en el marco de la Feria Internacional del Libro de Acapulco (FILA) 2026, acompañada por Yelitza Ruiz y Estefanía Neri.
El volumen forma parte del Fondo Editorial Municipal de Acapulco 2025, junto con los libros Estado de latencia de Astrid P. Chavelas y Bahía Ruido de Diego Montes.
Leer estas crónicas es degustar la memoria. Entre el aroma del ajo, el hervor del pescado, la frescura del chilate o la profundidad del pozole, la autora construye relatos donde los sentidos se convierten en vehículos para explorar la historia familiar, la identidad y el territorio.
Tras la presentación del libro, Ruiz Valdez conversó con Página Zero sobre los orígenes de la obra, el papel de la gastronomía en la literatura y la manera en que los sabores preservan el pasado.
La relación entre comida y literatura, explica la autora, ha sido una fascinación constante en su trayectoria como lectora y escritora. Durante años ha explorado ese vínculo tanto en obras de ficción como de no ficción, además de reflexionar sobre él mientras cocina. De ese interés nació Memoria gustativa, una serie de seis crónicas que forman parte de un conjunto más amplio de trece textos dedicados a Guerrero.
“Memoria gustativa contiene los textos más acapulqueños y por lo mismo trasluce mi vínculo personal con la comida y las historias que ahí se muestran”, señala.
Para Ruiz Valdez, la comida es una experiencia universal y, por ello, un tema inagotable para la literatura. Comer, compartir los alimentos o incluso experimentar la ausencia de ellos son acciones que atraviesan todas las culturas y permiten abordar aspectos esenciales de la condición humana.
La autora considera que la escritura gastronómica se alimenta también de la experiencia directa: probar ingredientes, escuchar a cocineras y cocineros, observar las prácticas culinarias e indagar en los propios recuerdos. Desde esa combinación de vivencias y observación surgieron las crónicas reunidas en el libro.
“Siento que de ahí nace el libro, de aquello que pasa por la mesa y por la mente”.
Uno de los principales desafíos durante la escritura fue trasladar las experiencias sensoriales al lenguaje sin caer en excesos sentimentales. La autora buscó construir textos emotivos sin recurrir a imágenes complacientes.
“No quería construir imágenes donde la miel se desbordara. Sí quería obtener resultados emotivos pero no edulcorados”.
Entre los símbolos que recorren la obra destacan los platillos de origen mesoamericano, especialmente el pozole y los derivados del maíz. Para la escritora, estos alimentos evidencian la permanencia del pasado en la vida cotidiana y muestran cómo las tradiciones sobreviven a través de los sabores que cada generación decide conservar.
La elaboración del libro también transformó su propia relación con los recuerdos. Mientras describía guisos, ingredientes y preparaciones, aparecieron memorias que permanecían ocultas. La escritura se convirtió en un ejercicio de observación y reorganización creativa de experiencias personales.
“Hay recuerdos que llegaron mientras buscaba la efectividad para describir un guiso y viceversa”.
Más allá de la nostalgia, Ruiz Valdez considera que la gastronomía ofrece claves para comprender quiénes somos. Los hábitos alimentarios revelan dimensiones culturales, económicas, éticas y políticas que terminan reflejándose en cada plato.
“Somos lo que comemos en todas sus dimensiones: culturales, éticas, posturas políticas, condiciones económicas, experiencias personales… todo eso, conscientes o no, lo llevamos a nuestro plato y comparte algo sobre la realidad que vivimos”.
Si tuviera que definir Memoria gustativa mediante un sabor o una bebida, elegiría el chilate. La referencia no es casual: se trata de una bebida profundamente arraigada en la cultura guerrerense, capaz de refrescar y condensar una historia compartida.
“Chilate, bien frío. Rápido de beber y refresca lo justo. Bueno, si breve, dos veces bueno”.
Al final, la autora resume la esencia de su libro en una idea sencilla y poderosa: la memoria y la cocina comparten una misma naturaleza. Ambas transforman ingredientes dispersos en una experiencia que puede transmitirse y permanecer.
“Todo el tiempo. La memoria recuerda y reproduce los sabores primigenios”.
Foto: Especial.