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Brenda Ríos retrata el Acapulco que habita, recuerda y padece en Sweet Acapulco

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Bajo el sello de Debate, la escritora acapulqueña reúne crónicas sobre una ciudad atravesada por la nostalgia, el deterioro, el humor y las contradicciones de vivir entre el puerto y la CDMX.

Acapulco aparece en la escritura de Brenda Ríos como un territorio íntimo y contradictorio: un lugar que puede ser entrañable y al mismo tiempo inhóspito, turístico y cotidiano, luminoso y profundamente marcado por el abandono, así lo contó en entrevista para Página Zero.

En Sweet Acapulco, publicado bajo el sello de Debate, la escritora acapulqueña reúne una serie de crónicas y relatos construidos durante aproximadamente una década, en los que observa la ciudad desde la experiencia personal, pero también desde sus transformaciones sociales, económicas y culturales.

El libro no nació como un proyecto literario planeado de principio a fin. Su origen está en unas postales que Ríos comenzó a escribir hace alrededor de diez o doce años y que publicó en una revista en línea que posteriormente desapareció. Aquellos primeros textos quedaron olvidados durante un tiempo, hasta que la autora comenzó a pasar temporadas más largas en Acapulco, particularmente durante los periodos de canícula, y empezó a escribir crónicas sobre la vida cotidiana.

Entre los primeros escenarios de esa escritura estuvieron la zona de Colosio, las visitas al Starbucks, el calor y las pequeñas dificultades de permanecer durante largos periodos en el puerto. Alrededor de seis años atrás, Ríos comenzó a publicar en Facebook una serie de textos que llamó Crónica de la vida en los trópicos. Eran inicialmente ejercicios personales destinados, como ella misma recuerda, a entretenerse y entretener a los pocos lectores que entonces tenía en esa red social.

La dinámica cambió cuando un amigo le pidió una de aquellas crónicas para publicarla en el suplemento cultural de un periódico. A partir de ese momento, la escritora comenzó a trabajar los textos con mayor cuidado y a distanciarse del simple desahogo.

Ya no se trataba solamente de escribir sobre los mosquitos, el calor o las dificultades de quedarse sin internet porque las ardillas habían mordido los cables.

Esas situaciones, sin embargo, fueron el punto de partida para observar una realidad más amplia: quedarse sin agua, enfrentar los problemas de conectividad, las limitaciones de los servicios y las dificultades que forman parte de la vida cotidiana en Acapulco.

La pandemia de COVID-19 abrió otro capítulo fundamental. Un amigo le pidió a Ríos que escribiera sus crónicas sobre la pandemia, suponiendo que se encontraba en la Ciudad de México. Pero la escritora estaba en Acapulco y comenzó a registrar lo que veía en una ciudad que enfrentaba una situación inédita: las playas cerradas por primera vez, elementos de la Marina vigilando que la gente no se acercara al mar y la suspensión de prácticamente todas las actividades turísticas.

Para Ríos, aquella experiencia produjo una imagen particularmente extraña de Acapulco. Una ciudad cuya identidad está profundamente vinculada con el mar tuvo que impedir el acceso a las playas y restringir incluso actividades aparentemente elementales como meterse al agua. El escenario turístico se convirtió de pronto en un territorio de aislamiento.

Fue al reunir todos aquellos textos cuando la autora descubrió que había, sin proponérselo, un libro. En sus primeras versiones, Sweet Acapulco era un volumen mucho más delgado, centrado en su propia mirada sobre el puerto. Su publicación, sin embargo, requirió un largo proceso de revisión y reescritura.

La editora Eloísa Nava hizo observaciones que llevaron a Ríos a replantearse la manera en que explicaba Acapulco. Uno de los problemas era aquello que la escritora reconoce como un error frecuente: dar por hecho que el lector conoce las referencias del lugar.

“Doy por hecho que todo mundo sabe dónde está La Quebrada”, explica al recordar ese proceso. La revisión la obligó a preguntarse a quién estaba contando la ciudad y, sobre todo, si el libro estaba dirigido únicamente a acapulqueños y guerrerenses.

La respuesta implicó ampliar la mirada. Ríos pertenece a una familia de la Costa Grande y reconoce que incluso dentro de Guerrero existen diferencias importantes entre las costumbres de las distintas regiones. La comida, los platillos, la música y las formas de relacionarse con el territorio no son necesariamente las mismas en Acapulco que en otras zonas de la costa.

El desafío consistió entonces en abrir Acapulco para lectores de otros lugares sin convertir el libro en una especie de manual turístico. La autora no quería hacer un “Acapulco para principiantes”, sino mostrar el puerto desde dentro y, al mismo tiempo, permitir que quien no lo conoce pudiera entrar en ese universo.

Una de las claves estructurales del libro surgió precisamente de esa necesidad de mirar Acapulco desde dos lugares. Ríos decidió establecer un diálogo entre el puerto y la Ciudad de México, entre el “acá” y el “allá”. Para ello retomó una idea de Alejo Carpentier, cuya obra utiliza también la tensión entre territorios y perspectivas.

Así, Sweet Acapulco no es únicamente un libro sobre Acapulco. También es un libro sobre estar lejos de casa, regresar a ella, extrañarla y padecerla. Cuando Ríos está en la Ciudad de México puede extrañar determinadas cosas del puerto; cuando está en Acapulco, en cambio, no necesariamente extraña la capital, aunque sí reconoce algunas de las posibilidades que ésta ofrece, particularmente en materia de transporte y movilidad.

La diferencia se vuelve evidente para alguien que no tiene automóvil. En Acapulco, explica, la falta de transporte puede reducir considerablemente la vida cotidiana. En determinadas zonas y horarios, particularmente por las noches, salir implica enfrentarse a la escasez de taxis y camiones.

Ríos recuerda una ocasión en que un familiar la invitó a una casa ubicada en el Fraccionamiento Marroquín. Aunque el trayecto no era imposible, la idea de bajar de noche por las escaleras de su cerro (aquí exagera, es una pequeña bajada), llegar a la Costera y encontrar transporte hizo que rechazara la invitación.

“Si tú no vienes por mí, no puedo salir”, le respondió.

Esa anécdota representa para la autora una de las restricciones silenciosas de la vida en Acapulco. La ciudad puede convertirse en un territorio donde las actividades quedan reducidas al día: hacer las compras, ir al supermercado, comer en casa, visitar ocasionalmente la playa y procurar regresar antes del anochecer.

La experiencia cotidiana contrasta así con la imagen turística de Acapulco como un lugar de diversión permanente. Esa distancia entre el imaginario y la realidad es precisamente una de las materias principales de Sweet Acapulco.

El título juega deliberadamente con esa contradicción. Para Ríos, Acapulco no es necesariamente dulce. Puede ser árido, difícil e incluso inhóspito. La hospitalidad costeña también tiene matices: detrás de la apariencia de cordialidad existen personas sometidas al estrés de vivir al día, trabajar en condiciones complicadas y enfrentar las dificultades de una ciudad que ha perdido parte de su antiguo esplendor.

Pero también aparecen pequeños gestos de generosidad. Ríos recuerda, por ejemplo, una experiencia durante la pandemia, cuando una alergia la llevó a un consultorio de Farmacias Similares en Caleta. La doctora, que conocía a su madre, terminó atendiéndola sin cobrarle. Para la escritora, esos momentos funcionan como pequeños milagros dentro de una ciudad que muchas veces parece hostil.

La palabra “Sweet” surgió también de un juego lingüístico que Ríos utiliza cotidianamente. Explica que suele emplear “sweet” de manera irónica, como una expresión relacionada con la dulzura y el cariño, pero también como un eufemismo para decirle a alguien “menso”. Esa ambigüedad le pareció adecuada para nombrar un libro construido precisamente sobre contradicciones.

El inglés, además, forma parte del imaginario costeño de Ríos. La escritora recuerda que cuando llegó a la Ciudad de México y estudió en la UNAM le sorprendió descubrir que algunos de sus compañeros no hablaban inglés. Para ella, muchas personas de la costa crecen escuchando expresiones relacionadas con el turismo y el mundo de playa, de modo que ese vocabulario se incorpora de manera natural a la vida cotidiana.

El subtítulo del libro terminó de explicar su naturaleza: se trata de crónicas y relatos sobre aproximadamente diez años de experiencias entre Acapulco y la Ciudad de México. La decisión también buscó aclarar que el libro no es una novela ni una guía turística, sino una mirada personal sobre una ciudad que suele aparecer reducida a unos cuantos lugares comunes.

Acapulco, sin embargo, es para Ríos un territorio fértil para la escritura. La ciudad ofrece múltiples historias y posibilidades narrativas. La autora reconoce que no siempre puede trabajar mucho cuando está en el puerto: lee, duerme, come y disfruta de la cerveza fría a nivel del mar. Pero como tema literario, Acapulco le ofrece una materia inagotable.

Una de las preguntas que atraviesan el libro es qué más puede contarse de Acapulco cuando gran parte de las narrativas contemporáneas se encuentran vinculadas con la violencia.

Ríos reconoce la importancia de las nuevas generaciones de escritores del puerto que han abordado los asesinatos, las desapariciones y la violencia. Menciona, entre otros, a Iris García Cuevas, Federico Vite, Diego Montes, Giovanni Rodríguez, Geovani de la Rosa y Azul Ramos, quienes desde distintos géneros y perspectivas han construido relatos vinculados con el contexto contemporáneo de Acapulco.

La escritora también destaca a Paul Medrano, cuya obra se acerca al puerto desde otras preocupaciones. En lugar de colocar al narcotráfico como tema central, Medrano ha explorado asuntos como los oficios perdidos. Ríos recuerda particularmente un cuento relacionado con el oficio de “baja cocos”, una actividad que prácticamente ha desaparecido de la Costa Grande de Guerrero.

Ese tipo de historias le interesa porque permite observar Acapulco más allá de la violencia. Por eso, durante la escritura de Sweet Acapulco, Ríos incluso sintió la tentación de incorporar datos duros y elementos periodísticos que completaran su relato. Finalmente decidió no hacerlo.

El periodismo, considera, ya está haciendo ese trabajo. Hay periodistas que documentan diariamente la violencia y la realidad social del puerto desde el dato duro, la nota cotidiana o la nota roja. Su apuesta era distinta: registrar aquello que le tocaba ver y experimentar.

Por eso en el libro aparecen situaciones aparentemente pequeñas, como el incremento de los precios de los restaurantes de Caleta y Caletilla durante Semana Santa, las formas en que las personas interactúan o las creencias que surgieron durante la pandemia.

Una de esas historias tiene que ver con la disminución de la venta de pescado durante el COVID-19. Algunas personas creían que el virus había llegado a través de extranjeros que se metían al mar y que, como los peces estaban en el mismo espacio, no había que comer pescado. Ríos decidió contar la anécdota tal como se la transmitieron.

“No miento, te cuento lo que a mí me dijeron”, explica.

Esa frase resume parte de su método: observar, escuchar y registrar las peculiaridades de la vida cotidiana sin convertirlas necesariamente en una tesis sobre la ciudad.

La escritura del libro también revela una evolución en la propia voz de Ríos. La primera mitad contiene textos más antiguos, mientras que la segunda reúne materiales más recientes. La autora reconoce que entre ambos momentos existe una transformación en la manera de narrar.

Antes estaba más concentrada en hacer evidente aquello que le interesaba; ahora siente que su escritura tiende a ser más depurada, más directa y menos propensa a desviarse. Esa transformación puede percibirse en los diferentes registros que conviven dentro del libro.

La historia personal de Brenda Ríos y la historia de Acapulco aparecen, de esta manera, completamente entrelazadas. La autora incluso describe su propia vida como una evidencia física del deterioro del puerto.

Recuerda que cuando le contó a una amiga que pensaba vender su casa, hace aproximadamente dos años o dos años y medio, su amiga reaccionó con preocupación y le pidió esperar porque estaba convencida de que Acapulco iba a recuperarse.

Ríos respondió que Acapulco ya llevaba demasiado tiempo intentando levantarse. Para ella, los años de su propia vida coinciden con una etapa en la que el puerto no ha conseguido recuperar plenamente el esplendor que tuvo.

“Yo soy la evidencia física de un deterioro de un lugar”, afirma.

El Acapulco de su infancia ya era distinto al de décadas anteriores. Sin embargo, quedan personas mayores que pueden contar aquella época: meseros, taxistas y trabajadores que vivieron el periodo de las propinas en dólares, los visitantes famosos y los grandes hoteles.

Ríos recuerda especialmente a los taxistas de sitio que llevaban turistas a Las Brisas y que representaban otra imagen del servicio turístico. Contrasta esa memoria con los taxis actuales, muchos de ellos deteriorados, sin aire acondicionado y en condiciones muy diferentes a las de otras ciudades turísticas del país.

La comparación con destinos como Puerto Vallarta o Cancún acentúa para ella el contraste. Mientras en otros lugares el transporte turístico se ha modernizado y cuenta con servicios como Uber y vehículos con aire acondicionado, Acapulco conserva una flotilla que muchas veces refleja el deterioro de la ciudad.

Esa sensación de abandono aparece también en espacios físicos. Ríos recuerda el antiguo “Mágico Mundo Marino”, un sitio recreativo que durante años formó parte de su imaginario y que encontró abandonado. Para ella, aquellos espacios vacíos, deteriorados y difíciles de recorrer se convirtieron en una metáfora de la ciudad.

El abandono, dice, no es únicamente económico. También existe una sensación de desolación moral. Acapulco puede sentirse como un territorio en ruinas donde, paradójicamente, existen controles y restricciones que dificultan todavía más el acceso a determinados espacios.

Escribir sobre esa realidad fue una de las partes más difíciles del proyecto. Ríos reconoce que muchas personas que han leído el libro reaccionan con tristeza porque reconocen en sus páginas una ciudad que también han visto deteriorarse.

Un amigo con familia en Acapulco le dijo que el libro le dolía porque podía reconocer aquello que la autora estaba contando. En muchas familias aparecen historias de desapariciones, asesinatos o personas que tuvieron que abandonar el puerto.

Por eso Ríos se sorprendió cuando una lectora joven le escribió para decirle que se estaba divirtiendo mucho con el libro. Hasta entonces había recibido principalmente mensajes de lectores que expresaban tristeza.

La reacción de esa lectora le permitió comprender que el libro puede ser leído desde diferentes lugares. Aunque Sweet Acapulco contiene una mirada desencantada, la autora no lo considera un libro pesimista ni quería convertirlo en un volumen dedicado exclusivamente al duelo.

Su intención era compartir una mirada sobre una ciudad que continúa viviendo pese a sus pérdidas. “Yo no quería hacer un libro llorón”, señala. El dolor forma parte de Acapulco, pero no constituye toda su identidad.

La relación entre Ríos y la ciudad también está atravesada por una especie de deuda mutua. La escritora recuerda una frase de Joaquín Sabina para explicar que, en cierto modo, Acapulco le debe cosas.

Sus padres llegaron desde la Costa Grande buscando oportunidades y construyeron una vida marcada por el trabajo y el endeudamiento para que ella pudiera tener mejores posibilidades. Sin embargo, aquello que heredó no fue solamente una casa: también recibió un lugar de origen cargado de responsabilidades y contradicciones.

“Uno también es el lugar de donde viene”, reflexiona.

¿Qué le debe entonces a Acapulco? La respuesta es también aquello que la ciudad le ha dado: una identidad, experiencias y una manera de relacionarse con el territorio. Pero Ríos considera que la ciudad también le debe el glamour que le prometieron, servicios de calidad, riqueza y espacios acordes con los precios que se cobran.

Ríos también evoca algunos sitios de entretenimiento que marcaron distintas etapas de su vida, entre ellos Baby'O, al que nunca llegó a asistir (¿Acaso Brenda es una acapulqueña de verdad?), aunque reconoce que ahora le habría gustado conocerlo y hasta bromea con que deberían invitarla (Refiriéndose al entrevistador). También recuerda News, un lugar al que acudió durante su adolescencia y que posteriormente desapareció.

La mención de estos espacios funciona como parte de una memoria urbana hecha de lugares que ya no existen o que cambiaron radicalmente con el paso del tiempo. Más que una nostalgia por los sitios en sí mismos, la escritora observa en ellos las huellas de un Acapulco que se ha ido transformando y perdiendo algunos de los espacios que alguna vez formaron parte de la vida cotidiana y del imaginario de sus habitantes.

La memoria de Acapulco aparece incluso en lugares inesperados. Durante su único viaje a Cuba, Ríos entró en una casa cuyo olor le recordó inmediatamente a las casas de Caleta de su infancia. La combinación de brisa marina, humedad, madera y vegetación tropical la hizo regresar mentalmente a cuando tenía seis o siete años.

Ese recuerdo revela la importancia de los sentidos en Sweet Acapulco. La ciudad no sólo aparece a través de sus calles y personajes, sino también mediante olores, sabores, sonidos, temperaturas y recuerdos corporales.

Las casas de los cerros de Caleta, Gran Vía Tropical y los alrededores de La Quebrada forman parte de esa memoria. Son construcciones que, en muchos casos, hoy están abandonadas, son difíciles de mantener o tienen problemas de acceso, pero que continúan funcionando como depósitos de una historia personal y colectiva.

Después de escribir el libro, Ríos reconoce que su relación con Acapulco no necesariamente cambió, aunque sí cambió la dimensión que descubrió de su propia escritura. No esperaba que Sweet Acapulco conectara con tantos lectores.

La autora considera incluso que su lector ideal puede encontrarse fuera de Acapulco, particularmente en la Ciudad de México y el Estado de México, donde existe una relación muy fuerte con el imaginario del puerto.

Acapulco continúa siendo un lugar emblemático para quienes no viven ahí. Basta pronunciar su nombre para que aparezcan imágenes de playa, fiesta, películas, celebridades, La Quebrada y vacaciones.

Incluso fuera de México, Ríos ha comprobado la fuerza de ese imaginario. Durante un viaje a Brasil descubrió que Acapulco sigue teniendo una presencia internacional y que, para algunas personas, antes que México aparece la figura de Jorge Campos

También está el cine: Acapulco continúa asociado con películas y estrellas como Elvis Presley, aunque la autora recuerda con humor que el cantante nunca estuvo en el puerto. La Quebrada, en cambio, permanece como uno de los grandes símbolos internacionales de la ciudad.

Pero detrás de esas imágenes turísticas existen contrastes que para los habitantes pueden parecer normales y que para un visitante resultan sorprendentes. Los clavadistas, por ejemplo, pasan de ser héroes de una tradición turística a pedir cooperación después de realizar su espectáculo.

Es precisamente en esos contrastes donde Sweet Acapulco encuentra su fuerza. El libro no pretende ofrecer una postal idealizada ni una denuncia periodística de la ciudad, sino una mirada personal sobre el lugar que Brenda Ríos habita, recuerda, cuestiona, disfruta y padece.

Entre el calor y los mosquitos, la playa y el abandono, los recuerdos familiares y la vida contemporánea, la escritora construye un retrato de Acapulco desde la intimidad. Un territorio que no puede reducirse al paraíso turístico de las postales ni a la violencia de las noticias.

Sweet Acapulco, publicado por Debate, es finalmente una conversación entre una escritora y la ciudad que la vio crecer. Una conversación en la que ambas parecen reclamarle algo a la otra, mientras Ríos intenta comprender qué significa seguir queriendo un lugar que, como ella misma reconoce, lleva años intentando levantarse.

Foto: Composición de Página Zero.