Gabriel Rodríguez Liceaga: "La literatura mexicana necesita nuevas ventanas para que aparezcan sus voces"
El escritor y editor habla sobre el nacimiento de Níspero Ediciones, los desafíos de publicar autores emergentes y la urgencia de construir una nueva tradición literaria desde la edición independiente
Gabriel Rodríguez Liceaga está convencido de que el momento (Siglo XXI) exige más espacios para la literatura mexicana. En un contexto que considera adverso para la cultura, sostiene que hacen falta más suplementos culturales, revistas, páginas, podcasts y proyectos editoriales capaces de abrir conversaciones sobre los libros que se escriben en el país.
Esa convicción dio origen a Níspero Ediciones, un sello independiente que nació al advertir que las nuevas generaciones de escritores mexicanos cuentan con muy pocos espacios para publicar.
En el colofón de sus libros, explica, dejaron plasmada la idea que guía el proyecto: México es un caudal infinito de narrativas, de búsquedas creativas y de literaturas, pero no existen suficientes editoriales capaces de sostener esa diversidad. Níspero Ediciones pretende convertirse en una de esas nuevas ventanas y, asegura, el crecimiento del proyecto ha superado sus expectativas.
Aunque funge como editor y principal responsable de la editorial, se niega a presentarse como una figura solitaria. Entre bromas dice que también es el encargado de cargar cajas y repartir libros en librerías, pero insiste en que detrás del sello existe un equipo de personas que creen profundamente en el proyecto.
Su socio, Nelson Hernández García, se suma a un diseñador, un abogado, un distribuidor y un pequeño comité de dictaminación que participa en la lectura de manuscritos. Muchos colaboran prácticamente de manera voluntaria, convencidos de que la literatura mexicana necesita nuevas oportunidades de publicación.
Para Rodríguez Liceaga, la creación de la editorial también transformó su propia manera de entender la escritura.
Durante toda su vida adulta se despertó pensando como narrador. Las historias, los personajes y la resolución de problemas narrativos ocupaban sus días. Sin embargo, desde hace casi diez meses su rutina cambió por completo: ahora piensa como editor las veinticuatro horas.
Esa transformación, afirma, le dio una nueva vitalidad intelectual. Ya no sólo reflexiona sobre cómo escribir sus propios libros, sino sobre dónde encontrar las voces inéditas que desea publicar y cómo acompañarlas en el proceso editorial.
Descubrió, sin embargo, que la edición está llena de desafíos inesperados. No sólo existen problemas relacionados con el papel, la impresión o la distribución. También aparecen las expectativas de los autores, sus inquietudes personales, la logística de presentaciones, los libros extraviados durante una feria y una larga lista de complicaciones que hacen del trabajo editorial una ocupación permanente.
La idea de fundar una editorial llevaba años rondando su cabeza. Reconoce que una de sus principales inspiraciones fue la antigua colección Tierra Adentro, que durante décadas funcionó como plataforma para autores jóvenes provenientes de distintos estados del país.
Recuerda que aquella editorial gubernamental publicaba novela, cuento, poesía, teatro, ensayo e incluso obras híbridas, permitiendo que escritores de entidades como Durango, Zacatecas o Tlaxcala encontraran sus primeros lectores.
Cuando ese proyecto perdió la fuerza que alguna vez tuvo, quedó un vacío que, en cierta medida, Níspero Ediciones busca atender.
Por ello, el sello concentra buena parte de sus esfuerzos en publicar óperas primas, primeros o segundos libros y autores emergentes.
Reconoce que la cantidad de escritores talentosos en México es enorme y que la tarea resulta inabarcable, pero sostiene que el objetivo, aunque humilde, también es profundamente ambicioso: contribuir a la construcción de una nueva tradición literaria mexicana.
Para seleccionar los manuscritos no existen fórmulas rígidas ni una búsqueda limitada a una región del país. La literatura puede aparecer en cualquier sitio.
Uno de los libros que prepara para este año pertenece a Ulises Morales, albañil de profesión, cuyos cuentos transcurren en el mundo de la construcción. Rodríguez Liceaga recuerda que leyó el manuscrito durante un vuelo y terminó profundamente emocionado. Más que el oficio del autor, lo conmovió descubrir una mirada literaria capaz de convertir el levantamiento de edificios en materia narrativa.
Ese tipo de hallazgos resume el criterio editorial de Níspero: buscar el asombro y dirigir la luz de una editorial independiente hacia escritores que nadie está observando.
El catálogo refleja esa apuesta por las propuestas poco convencionales.
Menciona Fixes, de Eva, una novela que cruza el BDSM con el arte contemporáneo; los cuentos de Sofía Morfín, a quien considera una futura figura fundamental de la narrativa mexicana; y El opio perfecto, de David Alfonso Estrada, donde un taxista se enamora de una monja sin saber que ambos protagonizan un reality show oculto en la deep web.
Son libros arriesgados, poco convencionales y profundamente originales, exactamente el tipo de literatura que desea incorporar al catálogo.
Aclara, además, que las decisiones editoriales nunca dependen exclusivamente de su gusto personal. Existe un consejo que participa en la lectura y discusión de los manuscritos, aunque varios de sus integrantes prefieren permanecer en el anonimato debido a que trabajan en otras áreas de la industria editorial y colaboran con Níspero Ediciones de manera desinteresada.
Su aspiración es sencilla: que las nuevas generaciones de lectores encuentren en la literatura mexicana una pluralidad de voces capaz de representar la riqueza del país. Los retos, sin embargo, son enormes.
Rodríguez Liceaga asegura que prácticamente nada está diseñado para facilitar la existencia de una editorial independiente en México.
Cada vez que busca apoyos institucionales o estímulos gubernamentales descubre nuevos obstáculos administrativos y financieros.
Se pregunta cuánto tiempo podrá seguir invirtiendo recursos propios en un proyecto que, admite con franqueza, está muy lejos de ser un negocio rentable.
A ello se suma una legislación que, desde su perspectiva, tampoco favorece al libro ni protege suficientemente a las pequeñas editoriales.
Pese a ello, reconoce haber recibido importantes muestras de apoyo. Su trayectoria pública como escritor ha permitido que muchos lectores y colegas comprendan el sentido del proyecto y decidan respaldarlo.
También comienzan a aparecer alianzas institucionales. La Universidad Autónoma de Nuevo León le otorgó una coedición y espera que, poco a poco, otras universidades como la UNAM, la UAM o la Universidad Veracruzana abran espacios de colaboración.
Sabe que el crecimiento será lento. Más que una carrera de velocidad, dice, la edición independiente exige resistencia.
Recuerda una enseñanza recibida durante un diplomado del Sexto Piso: cada año nacen alrededor de doscientas editoriales, pero apenas un par logran sobrevivir después de algunos años.
Frente a las estadísticas que afirman que los mexicanos leen apenas entre tres y cuatro libros al año, Rodríguez Liceaga manifiesta su desacuerdo.
Considera imposible cuantificar la experiencia de la lectura y rechaza que esos números sirvan únicamente para alimentar el pesimismo.
Prefiere observar las librerías llenas, la gente leyendo en las calles y la relación cotidiana que muchos mexicanos mantienen con los libros.
El problema, sostiene, no radica en la falta de lectores, sino en la dificultad para encontrar literatura mexicana entre el predominio de los grandes best sellers.
Defiende la importancia de leer autores nacionales porque cada novela conserva un registro irrepetible de la vida contemporánea.
Habla nuevamente de Fixes y explica que su representación de la Ciudad de México, de las relaciones sexuales y de determinadas prácticas culturales constituye un documento histórico que permanecerá para futuras generaciones.
Si esas historias no se leen, advierte, también desaparece una parte de la memoria cultural del país.
Para él, la influencia estadounidense no sólo es económica o política, sino profundamente cultural.
Con humor señala que ya se apropiaron del inicio del calendario anual mediante el Super Bowl, los premios Óscar y otras celebraciones mediáticas. "Lo único que nos salva son los tamales", comenta entre risas, antes de insistir en que la literatura mexicana necesita fortalecer su propia identidad.
Publicar libros propios y acompañar los de otros autores también modificó su relación con la escritura.
Desde hace varios años dirige el Taller Níspero, un espacio de creación literaria donde actualmente trabajan alrededor de catorce escritores.
Algunas de las obras publicadas por la editorial surgieron precisamente ahí, como Fixes, aunque aclara que el taller no funciona como una cantera exclusiva para el sello.
Después de más de una década como alumno de talleres literarios y cinco años como coordinador, considera que esa experiencia fue una especie de preparación para convertirse en editor.
Aprendió a dialogar con los autores, a comprender sus procesos y a respetar siempre la palabra final de quien escribe.
Reconoce además la influencia decisiva de su editora en Penguin Random House, Loisa Nava, a quien considera una auténtica maestra por enseñarle a intervenir los textos desde el respeto, el compromiso y la sensibilidad.
Más que corregir manuscritos, entiende la edición como un puente entre la obra y sus futuros lectores.
Rodríguez Liceaga recuerda también una conversación con Pavel Granados, quien le dijo que era uno de los pocos escritores preocupados no sólo por su propia obra, sino por el desarrollo de la literatura mexicana en su conjunto.
Confiesa que esas palabras lo emocionaron porque reflejan una preocupación genuina: mientras la mayoría duerme, imagina a cientos de personas escribiendo novelas, cuentos o poemas en silencio.
Pensar en esos autores anónimos trabajando cada noche le parece una escena casi sagrada y una razón suficiente para seguir construyendo espacios donde algún día puedan publicar.
Actualmente, Níspero Ediciones mantiene presencia en Instagram y distribuye sus libros principalmente en la Ciudad de México.
Su catálogo puede encontrarse en las librerías El Péndulo, en librerías del Fondo de Cultura Económica de la capital y, próximamente, espera ampliar la distribución hacia otros estados del país.
También trabaja con librerías independientes como La Americana, Polilla, El Desastre, El Desastre Ritual, Pan, Beckett y Glaciar, espacios que considera fundamentales porque han logrado convertirse en centros culturales para sus comunidades.
Sueña con que cada colonia tenga dos o tres librerías donde, además de vender libros, se organicen talleres, presentaciones y encuentros literarios.
Sólo así, afirma, podrán surgir las grandes novelas que todavía esperan ser escritas: la gran novela de Ciudad Satélite, de Iztapalapa o incluso de Santa Fe, obras capaces de desplazar la literatura prefabricada y apostar por historias profundamente arraigadas en la experiencia mexicana.
Foto: Especial.