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La minificción busca algo más que el chiste fácil en la FILCO

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Tres autores exploran nuevas rutas de la brevedad literaria en el Segundo Encuentro de Minificción

En el marco de la Feria Internacional del Libro de Coyoacán se celebró una mesa dedicada a las nuevas propuestas de la minificción contemporánea. Con la participación de los escritores Roberto Abad, Alejandro Arteaga y Abraham Trujillo, y la moderación de Baltazar Domínguez, la conversación cerró el Segundo Encuentro de Minificción realizado dentro de la feria.

Domínguez inició la sesión con un agradecimiento a los organizadores de la feria y a Gerardo Valenzuela, por mantener un espacio dedicado a este género breve dentro del programa cultural. “Con esta mesa concluimos el segundo encuentro de minificción”, señaló, antes de recordar una reflexión reciente del escritor Agustín Monsreal: la minificción, dijo, no debería quedarse en el chiste fácil o la ocurrencia, sino aspirar a una consecuencia narrativa y estética.

El comentario abrió una discusión sobre el crecimiento del género en las últimas décadas. Si bien la minificción ha tenido un auge notable —en especial en redes sociales—, también se planteó la pregunta sobre cuáles son los libros actuales capaces de dialogar con la tradición de autores como Juan José Arreola, Julio Torri o el propio Monsreal. La mesa, explicó el moderador, buscaba precisamente presentar propuestas recientes que intentan ir más allá del ingenio inmediato.

Libros ficticios y bibliotecas imaginarias

El primero en intervenir fue Alejandro Arteaga, quien presentó su proyecto Biblioteca mínima, ganador del Premio Bellas Artes de Minificción Edmundo Valadés en 2019. El libro reúne portadas y cuartas de forro de libros ficticios escritos por autores igualmente ficticios, una idea que surgió a partir de un proyecto narrativo previo sobre escritores imaginarios.

Arteaga explicó que inicialmente dudaba si su propuesta podía considerarse minificción. La convocatoria del premio fue el impulso para someterla a la evaluación de especialistas del género. El resultado fue una obra híbrida que dialoga con tradiciones literarias como las invenciones bibliográficas de Jorge Luis Borges o los juegos metaliterarios presentes en distintas tradiciones narrativas.

Después amplió el proyecto con Biblioteca portátil, con lo que el conjunto suma 66 autores ficticios acompañados de fichas biográficas imaginarias. El resultado es una especie de catálogo literario imposible que convierte la edición, la crítica y la ficción en parte del mismo juego.

Un crucigrama para completar la lectura

Por su parte, Roberto Abad habló de El hombre crucigrama, un libro de minificciones que plantea un experimento de lectura participativa. En él, los títulos de los textos no aparecen directamente: están ocultos en un crucigrama que el lector puede completar.

La intención, explicó el autor, es que el lector forme parte del proceso creativo. “Uno siempre quiere llenar los vacíos”, comentó, pero el libro propone aceptar también el silencio y la incertidumbre como parte del significado. En ese sentido, la obra dialoga con reflexiones sobre la importancia del silencio en la minificción, planteadas por críticos como Raúl Brasca.

Abad destacó que la tradición de la brevedad en América Latina es amplia y atraviesa la obra de autores centrales del canon, entre ellos Augusto Monterroso. Para él, la clave está en evitar que los textos breves se reduzcan a un efecto inmediato y lograr que mantengan capas de significado que permitan múltiples lecturas.

Bestiarios marinos y poesía visual

El tercer participante, Abraham Trujillo, presentó Bestiario marino, un conjunto de cincuenta piezas breves sobre criaturas del mar. El libro mezcla minificción, fábula, poema en prosa y experimentos visuales cercanos al caligrama.

Trujillo situó su obra dentro de la larga tradición de los bestiarios, que se remonta a textos de la antigüedad clásica y medieval, pero que en la literatura moderna encuentra referencias importantes en obras de Borges o en el célebre bestiario de Juan José Arreola. En su caso, el mar funciona como un espacio de imaginación y misterio, además de un paisaje cercano a su experiencia personal.

El autor subrayó que la minificción comparte con la poesía la aspiración de decir mucho con poco. Esa brevedad exige la participación activa del lector, quien completa los sentidos sugeridos por el texto.

Brevedad, experimentación y lector activo

A lo largo de la conversación, los tres escritores coincidieron en que la minificción actual puede ir más allá de la simple ocurrencia humorística. Sus propuestas —desde bibliotecas imaginarias hasta crucigramas narrativos o bestiarios poéticos— exploran formas en las que el lector se convierte en parte del proceso creativo.

La mesa cerró así el Segundo Encuentro de Minificción en la FILCO, reafirmando que la brevedad literaria no es sinónimo de simplicidad, sino un terreno fértil para la experimentación narrativa.

Foto: Miguel Benítez.