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Jorge Martínez: “Las historias están en la calle”

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En Carne fósil, el escritor coahuilense convierte el desierto, el habla del norte, sus anécdotas y sus voces en cuentos atravesados por lo fantástico, lo corporal y la identidad regional.

Una tolvanera que engulló Torreón se convirtió en la imagen detonante de Carne fósil, libro de cuentos del coahuilense Jorge Martínez publicado por Tierra Adentro y el Fondo de Cultura Económica. Para el autor, aquel fenómeno natural fue más que una escena del paisaje: representó una forma de entender cómo el territorio, sus voces y sus historias pueden incorporarse a la literatura.

En entrevista con Página Zero, Martínez explicó que su formación como hispanista en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM está en el origen de su relación con la escritura, aunque identifica aquella tolvanera ocurrida entre las 10 y las 11 de la mañana en Torreón como el momento en que comenzó a tomar forma el proyecto.

“Hay una influencia del paisaje en lo que escribimos, porque es una forma de incorporarnos a la narrativa del mundo”, señaló.

A partir de esa imagen, el escritor buscó llevar al libro no sólo las características del paisaje norteño, sino también su habla, sus variantes lingüísticas, la flora, la fauna, el entorno y las anécdotas que circulan en la vida cotidiana.

Para Martínez, las historias no están encerradas en los libros: “Las historias están en la calle, las historias siguen sucediendo en el rancho, siguen sucediendo en la ciudad, la gente, seguimos contando historias”. Escuchar esos relatos, afirma, permite acumular material para la literatura y transformarlo mediante una forma literaria.

Carne, fósil y territorio

El título del libro pasó por distintas posibilidades antes de llegar a Carne fósil. La elección, explicó, surgió de la fuerza de la oposición entre ambos conceptos.

La “carne” remite al cuerpo que habita el desierto y enfrenta el calor, el polvo y las condiciones climáticas; el “fósil” apunta hacia la identidad de una región marcada por su pasado geológico, pero también hacia una historia cultural que permanece en el territorio.

En el caso de Coahuila, los dinosaurios forman parte de ese imaginario. Martínez reconoce que el título también contiene una dimensión identitaria: “Nuestros cuerpos habitan un territorio que tiene historia”.

Esa pertenencia al norte aparece en la lengua, en las costumbres y en las formas de relacionarse con el mundo. Aunque la literatura del norte suele ser entendida como una expresión diferenciada dentro de la tradición nacional, el escritor considera que estas voces forman parte del mismo corpus de la literatura mexicana.

El libro que se construyó después de los cuentos

Los relatos no fueron concebidos desde el principio como un conjunto cerrado. Martínez comenzó con piezas aisladas, vinculadas por la imagen de la tolvanera y por la intención de personificar el desierto a través de los personajes y sus decisiones.

Fue al organizar el índice, una vez escritos los cuentos, cuando descubrió una línea argumental que atravesaba los primeros diez relatos. Esto lo llevó a dividir el volumen en dos secciones.

La primera se concentra en la tolvanera, el polvo y las reacciones de los personajes ante ese fenómeno. La segunda se acerca a una narrativa neo-western que dialoga con el gótico sureño y con distintas tradiciones de las literaturas norteñas.

Martínez apuesta así por escribir desde la periferia sin abandonar el territorio que le da origen, pero incorporando un componente fantástico que le permite apartarse del realismo más crudo asociado con el desierto.

La fauna y la manera de nombrarla también forman parte de esa construcción. Algunos lectores de otras regiones, cuenta, le han preguntado por los insectos que aparecen en sus cuentos y por los nombres que reciben. Para el autor, esos detalles ayudan a reconstruir nuevas formas de contar el lugar que se habita.

Entre lo vivo y lo muerto

La tensión entre lo corporal y lo emocional atraviesa el libro. El propio título condensa esa contradicción entre algo vivo y algo muerto, entre la carne y aquello que permanece convertido en vestigio.

El resultado son cuentos que pueden provocar emociones distintas: entusiasmo, tristeza, desesperanza o una sensación cercana a lo gótico.

Martínez no rechaza esas lecturas. Considera que los personajes tienen libertad para tomar decisiones dentro de las historias y que el desarrollo de sus conflictos determina el tono de cada relato.

La escritura también nace del cuerpo y de la experiencia física de escribir, pero en Carne fósil lo corporal tiene otra raíz: muchas de las historias parten de anécdotas que el autor escuchó de otras personas.

“Finalmente es ficción, es un libro de ficción, pero provienen de una raíz original que tiene que ver con el habla”, explicó.

Martínez coincide: “La literatura se construye con voces”. Amigos, familiares y personas encontradas en la vida cotidiana alimentan una escritura donde la autoficción está presente, aunque los relatos no sean reproducciones de hechos reales.

Personajes que toman sus propias decisiones

La construcción de los personajes tampoco siguió una fórmula rígida. El escritor recuerda una teoría de su colega Fernando de la Vara sobre los autores que escriben “con brújula” y aquellos que no la utilizan.

Martínez se identifica con los segundos: no siempre sabe qué harán sus personajes cuando comienza a escribir. Prefiere otorgarles libertad para decidir dentro de la trama, aunque reconoce que existe un plan previo para cada cuento.

Esa libertad convive con una búsqueda formal. Los relatos emplean estructuras diferentes: primera persona, segunda persona, entrevista, listados de objetos o monólogo interior. El autor buscó que la variedad formal acompañara el entrelazamiento temático del libro.

Algunos lectores han encontrado en esos textos un componente poético, aunque Martínez asegura que su intención principal está en la prosa y en narrar acciones mediante verbos.

Entre los personajes y relatos que más trabajo le representaron menciona “El salvaje oeste” y “Santiago Papasquiaro”. Este último implicó convertir un espacio geográfico en personaje, pues Santiago Papasquiaro es también el lugar de origen de parte de su familia paterna.

“Anina y la tormenta” ocupa otro sitio especial. El cuento de la joven que se lleva la tolvanera puede leerse, para el autor, como una historia de desamor y despedida.

También destaca “El vecino”, construido como una entrevista a un testigo, donde el lenguaje del personaje debía funcionar como una forma de crónica de la ciudad.

El libro cierra con “Cardencheros”, relato relacionado con la tradición de la música cardenche y su importancia dentro de la cultura de la región lagunera.

La violencia como parte del presente

Aunque Carne fósil no es un libro centrado de manera explícita en la violencia, el autor reconoce que ese tema forma parte de la experiencia de su generación.

Martínez creció durante la llamada guerra contra el narcotráfico y considera que quienes nacieron en los años noventa comparten una experiencia colectiva vinculada con la violencia.

Sin reproducir de manera directa las formas con las que generaciones anteriores abordaron el narcotráfico y la violencia, los escritores jóvenes buscan otras maneras de incorporar ese pasado a sus narrativas.

“Estamos encontrando nuevas formas para contar también ese pasado, esa parte de la memoria histórica y no oficial que nosotros presenciamos de viva voz, en carne”, afirmó.

La literatura, añade, permite abordar esas experiencias desde la poesía, la crónica, la narrativa o el teatro testimonial.

De McCarthy a la literatura del norte

Entre sus referentes aparecen escritores de distintas tradiciones. En el ámbito norteño mexicano menciona a Fernando de la Vara, Carlos Velázquez, Julián Herbert, Luis Humberto Crosthwaite, Cristina Rivera Garza y Yuri Herrera.

El libro incluye un epígrafe de Fernando del Paso, a quien considera una figura fundamental de la tradición literaria mexicana.

Pero sus intereses también se extienden hacia el gótico sureño estadounidense. Entre sus referencias se encuentran Cormac McCarthy, Sam Shepard y Bonnie Jo Campbell, cuya narrativa de cuentos describe como una influencia importante.

Esa mezcla de tradiciones alimenta una escritura que busca dialogar con las literaturas del norte sin reducirlas a una sola manera de representar la región.

Un libro construido entre muchas manos

El proceso editorial de Carne fósil fue otro ejercicio colectivo. Martínez reconoce el trabajo de Fernando de la Vara, quien editó el libro, así como el de Víctor Santana y los equipos editoriales de Tierra Adentro y el Fondo de Cultura Económica.

El manuscrito llegó a la etapa editorial con pocas modificaciones. El autor recuerda que recibió un archivo con alrededor de 15 correcciones, resultado de un proceso que describe como largo, pero dentro de lo habitual en la publicación de un libro.

Para Martínez, el resultado final no corresponde únicamente a quien escribió las historias, sino a todas las personas que intervinieron en su construcción.

La portada, realizada por Guillermo Valero, tiene además un significado particular. En ella aparece un dinosaurio inspirado en una figura que puede verse en la carretera entre Torreón y Saltillo, cerca de Parras.

El elemento conecta el libro con el paisaje coahuilense, pero también con la infancia del autor y con una identidad regional marcada por los dinosaurios.

“Me gusta y se lo agradezco mucho a Guillermo también”, señaló.

Que el lector sienta el polvo

Al terminar Carne fósil, Jorge Martínez espera que el lector no sólo haya recorrido una serie de cuentos, sino que haya experimentado físicamente el territorio.

“Quiero que se sientan aterrados, que tengan miedo por un lado también, pero que sientan la tierra, que sientan el polvo”, expresó.

Busca que el lector reconozca una voz autoral y que, con el paso de los libros, pueda identificar sus textos como ocurre con escritores cuya narrativa posee una identidad reconocible.

Pero hay una emoción que considera fundamental: el amor.

“Para mí la literatura se trata de amor”, afirmó. Si sus lectores sienten amor o emoción al leer Carne fósil, considera cumplida su misión.

Y espera que el libro provoque una pregunta sobre la imagen que existe del norte: si realmente es como se cuenta, qué animales habitan ahí, cómo es su paisaje y cómo hablan sus habitantes.

Más que ofrecer una única representación del territorio, Martínez quiere que su literatura funcione como una puerta hacia otras voces: que quien lea Carne fósil sienta curiosidad por visitar el norte y, al mismo tiempo, busque a otros autores que cuentan la región desde perspectivas distintas.

Porque, para Jorge Martínez, existen muchas formas de narrar los lugares que habitamos y la literatura comienza, en buena medida, cuando se escucha lo que ocurre en ellos.

Foto: Especial.