Pasar al contenido principal

La economía emocional, el vínculo que sostiene la conservación en la Sierra Gorda

sierra_gorda_qro

Impulsan desde hace casi cuatro décadas un modelo que vincula educación ambiental, emprendimiento y conservación para que el cuidado de la naturaleza también genere bienestar para las comunidades

Conservar un bosque no depende únicamente de recursos económicos. También requiere conocimiento, compromiso, responsabilidad, orgullo y, sobre todo, un sentido de pertenencia de quienes habitan el territorio. Bajo esta premisa, Grupo Ecológico Sierra Gorda (GESG) ha desarrollado durante casi cuatro décadas un modelo que busca cerrar el círculo entre naturaleza, comunidad y economía.

La organización denomina “economía emocional” al conjunto de valores, conocimientos, capacidades y sentimientos que permiten que las comunidades se involucren en la conservación y mantengan en el tiempo las soluciones destinadas a regenerar la naturaleza. El concepto coloca a las personas en el centro de la economía circular, al considerar que ningún incentivo económico puede sostenerse a largo plazo si quienes viven en el territorio no comprenden su valor ni participan activamente en su protección.

“La economía emocional no sustituye a la economía circular; la hace posible y sostenible en el tiempo”, plantea Martha “Pati” Ruiz Corzo, fundadora y directora general de GESG.

La Sierra Gorda de Querétaro alberga a más de 100 mil habitantes distribuidos en 638 comunidades, dentro de una de las regiones con mayor biodiversidad de México. En este escenario, la conservación enfrenta una realidad concreta: más de 70 por ciento de la tierra está en manos de pequeños propietarios y 30 por ciento corresponde a superficie ejidal o comunal. Para muchas familias, actividades como la agricultura de subsistencia, el ramoneo, el pastoreo o la tala representan alternativas para obtener ingresos.

Por ello, GESG plantea que conservar debe ser una opción económicamente viable. “Si la naturaleza genera valor, parte de ese valor debe regresar a las personas que la protegen y viven en ella”, señala Ruiz Corzo.

La educación ambiental es uno de los puntos de partida. Desde 1987, la organización lleva actividades a las escuelas de la región mediante las llamadas Fiestas de la Tierra, encuentros que combinan música, teatro, arte y comida para acercar a niñas, niños y familias al conocimiento de su entorno. Lo que comenzó con Ruiz Corzo visitando escuelas para cantar y tocar el acordeón se transformó en programas que han alcanzado a más de 180 mil niños en más de 170 escuelas.

“Conocer el bosque no significa necesariamente quererlo. Y quererlo tampoco garantiza saber cómo protegerlo. La economía emocional intenta conectar ambas cosas: conocimiento y vínculo”, explica.

La gestión de residuos constituye otro ejemplo. En una región montañosa y con comunidades dispersas, recolectar y transportar basura supone un desafío logístico. Para enfrentarlo, GESG ha construido, apoyado y equipado más de 170 centros de acopio comunitarios, operados por habitantes y vecinos. En conjunto, estos espacios recolectan alrededor de 800 toneladas de materiales reciclables cada mes y han propiciado el surgimiento de microempresarios dedicados a su recolección, separación y comercialización.

El modelo también se extiende a los bosques mediante Carbono Biodiverso, un programa local de compensación de carbono que convierte los servicios ecosistémicos en ingresos para los propietarios que conservan sus terrenos. A través de un impuesto subnacional al carbono en Querétaro, las empresas pueden compensar sus emisiones mediante proyectos locales de conservación. Los propietarios que mantienen sus bosques en pie reciben pagos por el carbono que absorben, mientras el esquema contribuye a sostener otras acciones de educación, reciclaje y agricultura regenerativa.

El ecoturismo representa otra vía. Actualmente existe una red de más de 60 microempresas comunitarias que ofrecen hospedaje, caminatas, experiencias culturales, campamentos y alimentos. En las zonas semidesérticas, el aprovechamiento sustentable de plantas como orégano, damiana y piñón rosa permite desarrollar productos de valor agregado, entre ellos cremas y repelentes naturales.

La experiencia de GESG también identifica obstáculos: la pobreza limita las decisiones de largo plazo, la dispersión geográfica encarece la logística y la política pública resulta indispensable para crear condiciones que permitan escalar los proyectos.

Pero la organización sostiene que el elemento decisivo es intangible. El amor por la tierra, la responsabilidad, la motivación, el espíritu emprendedor y el orgullo por el territorio generan el sentido de pertenencia necesario para sostener los cambios.

La conclusión es sencilla: un bosque restaurado sin el respaldo de su comunidad difícilmente permanecerá, mientras que una comunidad sin oportunidades económicas tampoco podrá prosperar. La conservación duradera requiere, por tanto, cerrar el círculo entre naturaleza, personas y economía, a partir de soluciones locales impulsadas por quienes conocen y habitan el territorio.

Foto: Especial.